| Síndrome de la casa iluminada |
| Escrito por Ox Armand |
| Miércoles, 03 de Diciembre de 2014 07:17 |
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Síndrome de la casa iluminada
Ox Armand
Las ya remotas fechas decembrinas venezolanas. Distintos y muy variados motivos, incluyendo los electorales, las inspiraron. Valga el ejemplo de la festividad para Victorino Márquez Bustillos, en 1916. Todo el año celebró la existencia de Juan Vicente Gómez, fuere carnaval o Navidad. Y llegó a tanto, que hizo de su casa de habitación un curioso farallón publicitario. La pista nos la dio Manuel Caballero, pues, hecha con bombillos de luz eléctrica que no eran precisamente los que dominaban en el país de entonces, la siguiente inscripción de fachada: “GLORIA A GOMEZ SUPREMO, BIENHECHOR DE LA PATRIA”. Caballero cita en “Gómez, el tirano liberal” (Monte Ávila, Caracas, 1994: 181, 187), la edición de El Nuevo Diario, Caracas, del 08/03/1916, aunque mejor apreciada es la ocurrencia – por ejemplo – en la edición del 20/12/16 que el historiador o su asistente de investigación no vieron. Puede decirse, agravada por su relativa continuidad e inevitable atracción, que – en un caso – la nota es ridícula, porque el formal presidente de la República está dispuesto a jugar carnaval, que sepamos, no era con agua, y – en el otro – a darle una cierta trascendencia mística al gesto: todo, menos un capricho.
Recordemos aquella novela de Miguel Otero Silva, “Cuando quiero llorar no lloro” (1970). ¿En cuál de los tres Victorinos ubicamos a Márquez Bustillos? En principio, diremos que en el joven de esa clase media que ascendió uncida al carro del petróleo y que, muy después, tendrá hijos dispuestos al acto subversivo de los sesenta del XX para después reacomodarse en las épocas de las bonanzas petroleras. Siempre linsonjero, de intrigas de alto vuelo y negocios de limpio procedimiento en desmedro de los dineros públicos: ¿o quizá Márquez sólo le contentó asegurar lo indispensable para tener una vida confortable y dedicarse al estudio, una vocación irreductible? Pero eso es parte de la especulación sociológica en torno a los grandes burócratas de nuestra historia, por lo que queda es el adulador insigne, el publicista acaso involuntariamente ingenioso, el demandante enfermizo del reconocimiento a su fidelidad. Inevitable, fácilmente constatamos que no hay en el presente, por más humilde que sea su posición en la administración pública, el jefe de alguna dependencia oficial que no apueste a su supervivencia clamando gráficamente por las deidades del régimen. Por más austera que sea la fachada de la sede de un organismo de Estado, debe atreverse a la gigantografía que diga de Chávez Frías y Maduro. Incluso, valga la ilustración, una empresa tan sobria como el Metro de Caracas, con los motivos simbólicos que daban cuenta de una identidad corporativa por encima de cualquier gobernante de turno, cambió de logotipo y enrojeció todos sus espacios, añadido el atuendo del personal. Algo así como el síndrome VMB, en la tarea forzada para la supervivencia del burócrata y sus relacionados (nóminas de personal y contratistas que perfeccionan la noción del clientelismo), permitiéndonos atisbar la naturaleza de esa novísima clase media alumbrada por un Estado que es dueño de las divisas, en su paciente ascenso, aunque le hastíe ya el vacío del mensaje ideológico que compra, obligada por la oportunidad que la simple viveza rara veces captura.
Muchos reirán al ver la casa iluminada del otrora jerarca del gomezato, pero no lo harán mucho al fijarse en las novísimas modalidades de la Venezuela del siglo XXI. Jaladores de bolas, pues, con talento y buena rentabilidad, que hasta pasan desapercibidos por sus fórmulas sofisticadas de halar, guindarse y hasta mecerse.
Valga el ejemplo de la festividad para Victorino Márquez Bustillos, en 1916. Todo el año celebró la existencia de Juan Vicente Gómez, fuere carnaval o Navidad. Y llegó a tanto, que hizo de su casa de habitación un curioso farallón publicitario. La pista nos la dio Manuel Caballero, pues, hecha con bombillos de luz eléctrica que no eran precisamente los que dominaban en el país de entonces, la siguiente inscripción de fachada: “GLORIA A GOMEZ SUPREMO, BIENHECHOR DE LA PATRIA”. Caballero cita en “Gómez, el tirano liberal” (Monte Ávila, Caracas, 1994: 181, 187), la edición de El Nuevo Diario, Caracas, del 08/03/1916, aunque mejor apreciada es la ocurrencia – por ejemplo – en la edición del 20/12/16 que el historiador o su asistente de investigación no vieron. Puede decirse, agravada por su relativa continuidad e inevitable atracción, que – en un caso – la nota es ridícula, porque el formal presidente de la República está dispuesto a jugar carnaval, que sepamos, no era con agua, y – en el otro – a darle una cierta trascendencia mística al gesto: todo, menos un capricho. Recordemos aquella novela de Miguel Otero Silva, “Cuando quiero llorar no lloro” (1970). ¿En cuál de los tres Victorinos ubicamos a Márquez Bustillos? En principio, diremos que en el joven de esa clase media que ascendió uncida al carro del petróleo y que, muy después, tendrá hijos dispuestos al acto subversivo de los sesenta del XX para después reacomodarse en las épocas de las bonanzas petroleras. Siempre linsonjero, de intrigas de alto vuelo y negocios de limpio procedimiento en desmedro de los dineros públicos: ¿o quizá Márquez sólo le contentó asegurar lo indispensable para tener una vida confortable y dedicarse al estudio, una vocación irreductible? Pero eso es parte de la especulación sociológica en torno a los grandes burócratas de nuestra historia, por lo que queda es el adulador insigne, el publicista acaso involuntariamente ingenioso, el demandante enfermizo del reconocimiento a su fidelidad. Inevitable, fácilmente constatamos que no hay en el presente, por más humilde que sea su posición en la administración pública, el jefe de alguna dependencia oficial que no apueste a su supervivencia clamando gráficamente por las deidades del régimen. Por más austera que sea la fachada de la sede de un organismo de Estado, debe atreverse a la gigantografía que diga de Chávez Frías y Maduro. Incluso, valga la ilustración, una empresa tan sobria como el Metro de Caracas, con los motivos simbólicos que daban cuenta de una identidad corporativa por encima de cualquier gobernante de turno, cambió de logotipo y enrojeció todos sus espacios, añadido el atuendo del personal. Algo así como el síndrome VMB, en la tarea forzada para la supervivencia del burócrata y sus relacionados (nóminas de personal y contratistas que perfeccionan la noción del clientelismo), permitiéndonos atisbar la naturaleza de esa novísima clase media alumbrada por un Estado que es dueño de las divisas, en su paciente ascenso, aunque le hastíe ya el vacío del mensaje ideológico que compra, obligada por la oportunidad que la simple viveza rara veces captura. Muchos reirán al ver la casa iluminada del otrora jerarca del gomezato, pero no lo harán mucho al fijarse en las novísimas modalidades de la Venezuela del siglo XXI. Jaladores de bolas, pues, con talento y buena rentabilidad, que hasta pasan desapercibidos por sus fórmulas sofisticadas de halar, guindarse y hasta mecerse. |
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