| De la atrilización urbana (y una coletilla satelital) |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 13 de Octubre de 2014 01:40 |
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De la atrilización urbana (y una coletilla satelital)
Luis Barragán
Nuestros caseríos, pueblos y ciudades, añadidas las otrora grandes metrópolis, ahora en franco descenso, constituyen una suerte de represas para las inmensas oleadas de la propaganda gubernamental. No hay espacio público, por modesto que fuere, sin que las dactilares de una agresiva campaña complemente y explique, la estética y la ética misma del deterioro que convoca a los grafiteros de un precario empleo oficial, a los estrategas que trenzan los postes y clavan las vallas de sus ocurrencias justificadoras, a los cabecillas de sendos organismos públicos que intentan garantizar su supervivencia burocrática al transformar las sedes en un farallón del gusto madurista, como ocurre con la sede central del SAIME en Caracas.
Por estos años, hubo y hay piezas curiosas en el paisaje citadino, como el edificio en remodelación que está ubicado en la esquina de La Bolsa, antes fogadeado y ahora en manos del llamado Gobierno del Distrito Capital, que sirvió para colgar enormes pendones de promoción oficialista, frecuentemente deshilachados por el viento contaminado del casco histórico de Caracas. O como la Torre de David que, en trámite de desalojo, rinde el mejor testimonio de la labor de un tal ministerio para la Transformación Revolucionaria de la urbe, pues, convertida en un gigantesco atril, exhibe dos extraordinarias sabanas que, a los costados, tapan alrededor de quince pisos, avisándonos que el extinto presidente vive a través del sucesor.
Seguramente, los empresarios de las vallas y afines envidiarán semejante colgadero de promoción litúrgica. Puede mirarse desde distintos ángulos de la ciudad, aunque un diseño tan convencional no lo deja ver, confundido con la inagotable metralla visual de la urbe: quizá algún adulador sacerdotal o un olfateador comercial, propondrá un enorme busto del fenecido que tenga la eficacia de la bola o de la tasa de las consabidas marcas de refresco y de café plantadas una vez en Plaza Venezuela, para que advirtamos definida y definitivamente la gestión del mito sobre el helipuerto que coronó el sueño de los viejos dueños del inmueble.
Todo poblado está encaminado a convertirse en un compendio de avisos que, en lugar de participarnos de una obra en construcción, señalando el monto de la inversión y el nombre del ingeniero inspector, procura hallar los mejores atriles para la burda propaganda. Cada vez más imposibilitado de exhibir el presupuesto público del que goza, faltando las obras reales y específicas, el gobierno nacional opta por ocupar – como una hazaña cuasi marcial – cualquier tope y copete de la metrópoli para recordarnos que existe religiosamente, trastocada la estampita de bolsillo en un gulliveriano atril para las imágenes con las que constantemente nos agobia.
Coletilla:
Recomendamos ampliamente el artículo de William Peña: “Más satélites, menos redes y servicios” (http://www.opinionynoticias.com/tech/20705-mas-satelites-menos-redes-y-servicios). Está anuncianda la adquisición de un tercer y costosísimo satélite artificial por el gobierno venezolano y no hay todavía una convincente explicación de la utilidad y ventaja de esta tan particular incursión espacial.
@LuisBarraganJ
No hay espacio público, por modesto que fuere, sin que las dactilares de una agresiva campaña complemente y explique, la estética y la ética misma del deterioro que convoca a los grafiteros de un precario empleo oficial, a los estrategas que trenzan los postes y clavan las vallas de sus ocurrencias justificadoras, a los cabecillas de sendos organismos públicos que intentan garantizar su supervivencia burocrática al transformar las sedes en un farallón del gusto madurista, como ocurre con la sede central del SAIME en Caracas. Seguramente, los empresarios de las vallas y afines envidiarán semejante colgadero de promoción litúrgica. Puede mirarse desde distintos ángulos de la ciudad, aunque un diseño tan convencional no lo deja ver, confundido con la inagotable metralla visual de la urbe: quizá algún adulador sacerdotal o un olfateador comercial, propondrá un enorme busto del fenecido que tenga la eficacia de la bola o de la tasa de las consabidas marcas de refresco y de café plantadas una vez en Plaza Venezuela, para que advirtamos definida y definitivamente la gestión del mito sobre el helipuerto que coronó el sueño de los viejos dueños del inmueble. Todo poblado está encaminado a convertirse en un compendio de avisos que, en lugar de participarnos de una obra en construcción, señalando el monto de la inversión y el nombre del ingeniero inspector, procura hallar los mejores atriles para la burda propaganda. Cada vez más imposibilitado de exhibir el presupuesto público del que goza, faltando las obras reales y específicas, el gobierno nacional opta por ocupar – como una hazaña cuasi marcial – cualquier tope y copete de la metrópoli para recordarnos que existe religiosamente, trastocada la estampita de bolsillo en un gulliveriano atril para las imágenes con las que constantemente nos agobia. Coletilla: Recomendamos ampliamente el artículo de William Peña: “Más satélites, menos redes y servicios” . Está anuncianda la adquisición de un tercer y costosísimo satélite artificial por el gobierno venezolano y no hay todavía una convincente explicación de la utilidad y ventaja de esta tan particular incursión espacial. @LuisBarraganJ |
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