| Del (neo) medinismo |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Jueves, 05 de Septiembre de 2013 15:45 |
Pronto, arribaremos al 60 aniversario de la desaparición física de Isaías Medina Angarita. Independientemente de toda consideración política actual que se pretenda,
incurriendo en un inaceptable anacronismo, cumplió una importantísima y necesaria faceta en el contexto mundial de la inmediata postguerra, definitivamente reconocida la jerarquía de un país petrolero.Ascendió al poder gracias al desarrollo de un prolongado proceso de transición que hizo del oficio militar y de la andinidad, supuestos indispensables para el protagonismo político. Un dato que asombrará, aunque ahora pasan inadvertidos otros muy propios de la premodernidad, sorprendió por su anhelado equilibrio aperturista en una Venezuela temerosa de la violencia que la caracterizó en épocas anteriores. Indispuesto para la diaria polémica, abierta y franca, inherente al ejercicio del poder, procuró un determinado centrismo que, al tolerar y auspiciar el reconocimiento de la izquierda, fuese o no comunista, obró por una distinta derecha que generó los resquemores de la tradicional y rural que bien representó Eleazar López Contreras. A diferencia de éste, deseoso de ocupar nuevamente Miraflores, electoralmente o no, aquél tenía una mayor vocación de administrador, acaso con precursores visos gerenciales así no fuese un tecnócrata, pues, luego de facilitar su caída, no se interesó más por el activismo público.Imágenes contrapuestas, está la del personaje bonachón al que la presidencia obligó a poner orden en su vida personal, al lado del entreguista que tuvo en su escritorio la orden legislativa que le remitiesen las transnacionales del petróleo. La severa acusación, reiterada décadas después por Juan Pablo Pérez Alfonzo a Domingo Alberto Rangel (“El desastre”, 1976), desmentida por la documentación desclasificada de los archivos estadounidenses, adecuadamente ventilada por Margarita López Maya (“EE.UU. en Venezuela: 1945-1948”, 1996), la deshace también el mitin de la pluralidad política de la época, incluyendo a Rómulo Betancourt, celebrado en Bellas Artes (Caracas), con motivo de la Ley de Hidrocarburos. Devueltos sus bienes, Medina Angarita regresa al país, enfermo, en la etapa de la entronización del perezjimenato, ya ultimado Carlos Delgado Chalbad. Y será significativamente después de 1958, cuando (re) surja el medinismo a través de la candidatura presidencial de Arturo Uslar Pietri en 1963, defendiendo una gestión como ocurrió con Nora Bustamente o Julio Diez, y canalizando nombres y esfuerzos a través del Comité Independiente Pro Frente Nacional (CIPFN), que derivó por 1964 en el Frente Nacional Democtático (FND), luego integrado paradójicamente al gobierno de Raúl Leoni y su política de Ancha Base, indicando una cierta madurez institucional. Por cierto, en días pasados, alguien recordaba el 50 aniversario del triunfo electoral del uslarismo en Caracas, donde reinó el Partido Comunista, aunque esta novísima versión del medinismo se diluyó con prontitud porque el líder, sucesor como seguramente lo hubiese sido de no presentarse el caso de Diógenes Escalante a mediados de los cuarenta, se sintió más cómodo en la curul parlamentaria. Empero, una curul que lo hizo una alternativa viable en el caso que no se hubiesen resuelto aquellas circunstancias extremas que ponderaban un liderazgo emergente. Medina Angarita fallece el 15 de septiembre de 1953 y contó con unas exequias de Estado que sólo la mezquindad podía negarle, pero también ratificó que la aludida fase de la transición había concluido, porque Marcos Pérez Jiménez ascendió al poder más como manifestación institucional de las Fuerzas Armadas, donde se hizo oficial de escuela, que por militar y andino a la vieja usanza. Únicamente, la polémica histórica cabe en una consideración sobre el tiempo remoto e inimaginable para las nuevas generaciones, aunque descubramos condiciones, conductas e ideas tendientes a una absurda repetición. @luisbarraganj |
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