| Nixon caraqueño |
| Escrito por Ox Armand |
| Lunes, 27 de Mayo de 2013 18:15 |
El martes 13 de enero de 1958, Richard M. Nixon, vicepresidente de Estados Unidos, vino a Venezuela. Fue una de las experiencias más amargas o gratas de las que recordemos en América Latina,
según la perspectiva que asumamos. De acuerdo a las crónicas de entonces, el ambiente de la ciudad capital era de una constante movilización popular en resguardo de la transición democrática alcanzada, luego de la caída de Pérez Jiménez entre el 21 y 23 de enero próximo pasado. Gozando de un irrefutable prestigio, los partidos políticos canalizan la renaciente ciudadanía como hoy no pueden, ni siquiera los medios de comunicación que desesperan por sustituirlos. Los edificios públicos, como el Palacio Blanco, desamurallado, más importante que el propio Miraflores, tiene sus altavoces a la vista a sabiendas que hay proyectiles que llegan igual o más lejos que los de pólvora. Nacía otra experiencia política. Mal trago pasó Nixon. Por poco lo matan y no porque él lo haya dicho, pues, a más de cincuenta años de los sucesos, parece de sentido común que las masas exaltadas no iban a estrechar su mano con sobrada cordialidad. El vicepresidente optó entre hacer sus diligencias electorales en Washington, importantes en ese momento, o viajar. Anduvo por Montevideo, Buenos Aires, La Asunción, La Paz y Lima, cumpliendo un itinerario de tranquilidad y confort en unos países, mientras que en otros recibía el repudio del estudiantado por todo aquello del imperialismo, etc. En Maiquetía lo esperó el canciller Oscar García Velutini y también una muchedumbre que lo ofende, rechaza, repudia, agresivamente junto a la lkuvia de escupitazos. A duras penas se trasladan en Caracas, siendo golpeado el automóvil y los vidrios, abalanzada la turba. Logran escapar, simplificado el protocolo, y en el Panteón Nacional no sólo estuvieron a punto de voltear el carro, sino que hasta la ofrenda floral fue pulverizada por los que buscaban lincharlo. Medio siglo después, pretendemos una consideración más serena. En 1958, estaba viva la conspiración de los intereses que nucleó el régimen perezjimenista y, de hecho, el 22 de julio y el 7 de septiembre, hubo sendos y muy serias intentonas golpistas. El apoyo que le brindó Estados Unidos, constituyó la explicación más cercana y cónsona con la perspectiva de un PCV fortísimo en Caracas. Hubo mucho de verdad, por la presencia de las atragantadoras transnacionales petroleras, pero también de burdo maniqueísmo. Además, como le explicó el canciller venezolano, referido por Nixon en su “Seis crisis” (Ediciones G.P., Barcelona, 1967), “los venezolanos han carecido de libertad durante tanto tiempo (…) que ahora tratan de expresarse con mayor energía que la que debiera”. Pero – igualmente – el gobierno provisorio de Wolfgang Larrazábal, de un pluralismo político importante, demostró demasiada candidez y no adoptó las medidas correspondientes o evaluó la situación para postergar la visita. Ese gobierno pudo haber caído, así de simple. Y la agresión contra Nixon demostró que no sería fácil con tamaña demostración de movilización y voluntad de lucha, pero también que las actuaciones del PCV nos ponía en el peligro de una invasión (tropas aerotransportadas desde Puerto Rico estaban listas, si algo serio le pasaba a Nixon). Una política demasiado temeraria, provocadora, irresponsable que llegará a tratar de emular la revolución cubana. Agreguemos que, de un lado, los comunistas en los hechos pedían la nacionalización del petróleo que programáticamente no contemplaban, y la derecha económica reiniciar y ampliar la política de las concesiones, pero – hoy – pocos advierten la solución del centro democrático: no más concesiones e iniciar un proceso de nacionalización lento, pero seguro, nada más y nada menos que creando la OPEP. Cosas veredes, Sancho. Antes de la traducción castellana, añadidas las fotografías por entonces inéditas del evento, Antonio Márquez Mata hizo referencias al libro de Nixon y su versión obviamente muy bien trabajada (Élite, Caracas, nr. 1965 del 25/05/1963). Olvidó aludir el contexto del que se sirvió: la crisis clásica que implica el peligro físico donde importa no la bravura (SIC), sino la habilidad para superar el temor personal, enfrentar mejor el peligro y borrar todo rencor. Perdió casi estúpidamente después, la carrera presidencial con Kennedy (ambos, en desigual proporción, beneficiarios de la vieja cacería de Alger Hiss, y la gobernación de California. Volvió exitosamente como mandatario estadounidense, pisando Pekín y Moscú. No pasó factura a Venezuela, por cierto. Aunque se creerá que ésta es una nota panegírica sobre el estadista que, valga la curiosidad, cuando se hizo caraqueño por un día tan amargo, se hizo acompañar del coronel Vernon Walters como su traductor, muy después un importantísimo diplomático. Que se juzgue la visita de Nixon a Venezuela todavía con los anteojos de la época de la guerra fría, zanjada la diferencia entre el mundo capitalista y socialista, es de una sandez sin límites. Por ejemplo, Pepe Rodríguez Rojas para Aporrea llega a comparar esa visita con la muy celebrada que hizo Fidel Castro a nuestro país. Y en un blog del Círculo Bolivariano Fabricio Ojeda la festeja, como si esa demostración de violencia hubiese sido completamente espontánea y la propia muerte del visitante no hubiese traído consecuencias tan impredecibles como innecesarias. El problema es ya histórico, por favor, y no esa necedad política de vocación arqueológica. Pero también nos ofrece una veta interesantísima de investigación: la pusilanimidad de la junta presidida por Larrazábal. Se es voluntaria e involuntariamente pusilánime, apretando las más variadas circunstancias y tendencias. Fue también una junta naturalmente temerosa, complaciente y demagógica que, a confesión de García Velutini, no tomó las precauciones que sí adoptó Betancourt cuando vino Kennedy. Y de esto tomó nota, con exactitud, Nixon. |
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