| Coprotagonismo olvidado |
| Escrito por Ox Armand |
| Martes, 30 de Abril de 2013 17:07 |
Quizá por aquella vieja disertación de Manuel Caballero (“La pasión de comprender”, 1983) sobre Gonzalo Barrios y su destacado rol de número uno, cuando se le supuso el dos en las filas de Acción Democrática,
despertó la curiosidad en torno a los segundones de la política venezolana. Al respecto los hubo reales y pretendidos, voluntarios e involuntarios, vanidosos y modestos, culpables e inocentes, fallidos y realizados, impuestos y sobrevenidos, en relación a la política y a los partidos que la hacía o decían hacerla.La sociología política venezolana, valga acentuar, hecha por los periodistas de la fuente, ha dedicado una mayor atención al delfinato y muy poca a aquellos que, sin querer queriendo, por interés o comodidad, no fueron más allá de administrar la generosa cuota correspondiente de poder, detrás del trono. Y es el caso de Luis Felipe Llovera Páez, también artífice de los golpes de 1945, 1948 y 1952, algo que dice mucho. Dato que trae la Wikipedia, mas no el consabidido Diccionario de la Fundación Polar, egresó en 1932 de la Escuela Militar ostentando el primer puesto de su promoción. Y que muy después nada dirá, ya que los últimos de las listas del pregrado suelen ocupar altas responsabilidades militares en esta centuria. Revelando la importancia de Llovera Páez, formó parte de dos triunviratos que, por mucho que uno de los miembros lo presidiera, tenían una semejante autoridad formal. Obviamente, menos igual que los otros iguales, lo encabezó, en un caso, el oficial asimilado Carlos Delgado Chalbaud, y, en otro caso, Germán Suárez Flamerich, literalmente un segundón, desertor del célebre movimiento generacional del ’28. Nuestro protagonista ocupó distintas carteras, contribuyendo decisivamente al encumbramiento de Marcos Pérez Jiménez, en forma abierta, a partir de 1953, pero la más importante y provechosa jefatura estuvo en la Oficina de Estudios Especiales, dispuesta a la rentable transformación urbana del país o, mejor, a la de Caracas. Domingo Alberto Rangel (“La revolución de las fantasías”, 1966), abundó sobre lo que llamó las andanzas comerciales de los prohombres del régimen, facilitadas – entre otros negocios – por la reedificación efectiva de la ciudad capital que bien ejemplifica Ocarina Castillo DÍmperio (“Los años del buldozer”, 1990), convertido Llovera Páez en un habílisimo gerente y figura estelar de los más exclusivos picoteos, añadida su presencia en los clubes nocturnos, que dejaba el trabajo político y más arduo al ministro Vallenilla Plachart o al jefe policial Estrada, bastando con su influencia en la entidad armada. Y es que, en las postrimerías de la dictadura, tampoco se tomó en serio la posibilidad de reemplazar a Pérez Jiménez en la presidencia de la República, como lo procuró el compadre y ministro de la Defensa, Rómulo Fernández. Se largó del país para el exilio de un consumado hombre de negocios, consecuente con sus viejas amistades, hasta que reingresó en 1969 y, después de sortear severas dificultades con la justicia, conciente de su importancia y jerarquía política entre los perejimenistas alentados por el éxito electoral del año anterior que los dislocó, fundó un partido político que no le permitió llegar al parlamento en 1973, diluyéndose. La atención dispensada a este número uno que se complació con una posición aparentemente subalterna, la del decisivo ramo de los negocios, no tiene intención alguna de ofender a sus familiares y relacionados de ahora que, por cierto, empleando varios pseudónimos, incursionan en las redes sociales estimulando ese neoperezjimenismo fundamentalmente juvenil hambriento de referentes, aunque moralmente no lo tienen con esa hondura imaginada. Es tiempo de historia y no de presumir de un anacronismo político, por lo que, al menos, deben probar el coraje varonil, la condición cristiana y la vocación hogareña de Llovera Páez, a juzgar por lo que afirmó Leonardo Altuve Carrillo en un réquiem ya olvidado (El Mundo, Caracas, 16/09/1977). |
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