| Diputado suplente |
| Escrito por Ox Armand |
| Jueves, 04 de Abril de 2013 16:55 |
Hasta el más despistado sabe aquello del diputado nuevo, según la ocurrencia de Andrés Eloy Blanco convertida en una inexacta sentencia sociológica. Ahora hay más de maña que de ruido de carro viejo,
a juzgar por la Asamblea nacional.Del lado gubernamental, seleccionados por el antojo personal del extinto, los diputados están a la merced de una estrategia inconsulta de aporreamiento sistemático de sus colegas (un decir) opositores, donde poco importa una conciencia de la curul ocupada y más de su obsceno equipaje verbal. Por ello, fácil constatarlo en cualesquiera de las transmisiones, los mayores aplausos y las más encendidas consignas consagran al que y a la que brinde una respuesta denigrante, obscena y retadora, para satisfacción de los inaccesibles gerentes del espectáculo que, muy rara veces, apelan a la probable y escasa competencia técnica de los que acunan un sueño ministerial. Del lado opositor, originalmente aspirantes a gobernaciones y alcaldías, fastidiados por el oficio actual, temerosos (unos) y valientes (otros), intentan detener las agresiones algo más que verbales, cuando no defender la propia integridad personal al entrar y salir del hemiciclo. Curioso, llegan a una especie de vedetismo que se traduce en un sálvese quien pueda: valga la casualidad, con la excepción de María Machado, los llamados “jefes parlamentarios” hablan en los momentos quizás más afables, donde pueden pronunciar un discurso de las formalidades, como ocurría con la autorización de los viajes presidenciales; mientras que los otros, a los supuestos sargentos que carecen de la elegancia de esa jefatura, deben dar y recibir los leñazos por sus denuncias y hasta por la más ligera observación que hagan a la solicitud de un crédito adicional, En otra ocasión, nos acercaremos al augusto patio de las curules, contentándonos esta vez con llamar la atención sobre los suplentes. Y es que, como ayer, son los que más ruido hacen y mañas exhiben, respecto a sus principales. Los leñadores del gobierno apuestan por una oportunidad para halagarlo, y proferir lo peor que tienen en la ropa sucia de sus andanzas. Garantizada la maniobra por la dirección de debate, hablarán después del opositor, abriendo la maleta de un lenguaje soez y, como poco interesa si conocen o no la materia tratada, la réplica es de acendrado carácter personal. Los leñados esperan una oportunidad para esgrimir sus mejores alegatos, y – otra curiosidad – mejor vestidos que sus principales, tan ufanos de la camisita irrespetuosa que impone el gobierno, suelen no caer en la directa provocación de los contendores. Recordemos que la plataforma electoral de la oposición fue el fruto de una inédita y compleja negociación y, aunque se haya faltado al compromiso de la rotación, probablemente hay mejores suplentes que principales para estas lides. Sin embargo, los hay también más vergonzosos y, no debemos abundar con ejemplos, entre los diputados suplentes y más jóvenes hay más de virus troyanos que de dispensable impericia. O, por inexpertos, se les nota el bulto. El diputado suplente de esta época, no es el que procura destacarse a través del voluntario trabajo, estudio de la materia y asistencia puntual a las sesiones de la plenaria o de las comisiones cuando las circunstancias lo dejan, sino el que puede lidiar con su principal y buscar que los otros principales le permitan asomarse al hemiciclo (teniendo por la tal, la cámara de televisión). Sabe que no tocarán los “grandes temas”, pero deberá soportar el fuego granado del gobierno cuando en los pretendidamente “pequeños” ha desatado su ira, por la exacta denuncia o el preciso señalamiento que en breve tiempo ha hecho, como el otro acaso busca no hacerlo nunca para evitar irritaciones. El diputado suplente está fuera de la parrilla de los grandes noticieros, a menos que sea una Alejandra Benítez. En la oposición, hay principales que bien desearían un ratico con los programas de alta sintonía, por más que les arreche las pendejadas de Carla, Kiko y Carreño, los catedráticos de la actualidad. Muy pocos comentan la larga tradición parlamentaria de los venezolanos que, con todos los males, fue mejor que esta tradición de la revolución, en el fondo, antiparlamentaria. El diputado suplente hacía méritos, durante cinco años, para ganarse la principalía y la comprensión del partido postulante o del cogollo postulador, pero ese esfuerzo significaba un trabajo socialmente activo que ahora está prácticamente prohibido. Ante la diversidad de problemas existentes, el diputado suplente elegía e incursionaba en los más sensibles y establecía un correaje virtuoso con las personas directa e indirectamente afectadas que lo requerían y hasta urgían como vocero. Por ejemplo, Rafael Narváez fue un esforzado suplente que no sólo trató el tema carcelario, sino que diligenció por la suerte de los más desfavorecidos, yendo al lugar de los acontecimientos, y – aunque sus incorporaciones no eran tan frecuentes – contaba con un excedente de inmunidad parlamentaria (la Carta del ’61), o sencillamente las autoridades no se atrevían a desafiarlo y apocarlo por la delicada materia tratada. En el siglo XXI, el problema de las cárceles venezolanas se ha agravado infinitamente, y es el mismo gobierno el que impide, con toda la saña y persecución, que la representación popular ejerza sus responsabilidades, y ni siquiera un diputado principal puede incursionar en el problema y conjugar sus esfuerzos con sus familiares, sin que se vea en peligro real. Lo peor es que, si lo hace, como se ha hecho, no hay un periódico o un programa de televisión que le dedique algún tiempo y, así, expuesto, lo proteja de las acechanzas, porque son otros los asuntos y los protagonistas de las líneas editoriales. Hay mucha gente agradecida con Narváez que no halló cupo con Acción Democrática y ningún otro partido en sus listas parlamentarias, en este siglo, porque – de paso – lo tuvieron por viejo. Ejerce la docencia universitaria en el campo de los derechos humanos, después de demostrar lo que puede y debe hacer un parlamentario interino, injustamente olvidado y, siendo menor a la edad de los grandes cacaos de la política opositora, no luce. |
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