| Precariedad a la cubana |
| Escrito por Ox Armand |
| Sábado, 19 de Marzo de 2016 08:42 |
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No es una casualidad que pertenezcamos, por mucho petróleo que abulte el vientre venezolano, al peor de los tercermundismos. Los isleños todavía creen que, por fortuna de la dictadura del proletariado, por lo menos respiran y comen algo, mientras que el resto del planeta sufre de una sórdida hambruna y padece de miles de enfermedades, en guerra permanente por las ambiciones insaciables del imperialismo yankee, capaz de inocular el virus de las viejas y nuevas enfermedades, el gusto pequeño-burgués por los automóviles, la obsesión insalvable por celulares y tabletas, y las más variadas patologías por las redes digitales. Una ya vieja y extensa obra que, por cierto, no logró satisfacernos enteramente, del famoso periodista Tad Szulc (la que acá más nunca se encontrará acá) sobre los orígenes de la mentada revolución cubana, está poblada de párrafos de una extraordinaria enseñanza, sobre todo para nuestros “políticos de la transición”, los de la “nueva era” (tan postmodernos como analfabetos). Por ejemplo, refiere: “Ya en 1968, los visitantes extranjeros que pasaban largos ratos con Castro – como los franceses K. S. Karol y René Dumont – empezaron a preguntarse sí Fidel insistía en dirigirlo todo personalmente porque ansiaba el poder total, o si era víctima del sistema por él mismo ideado. Al contempar a Castro más de un cuarto de siglo después de la Revolución, la conclusión es que ambos juicios son correctos, y que realmente Fidel es, de por vida, su propio prisionero” (“Fidel. Un retrato crítico”, Grijalbo, Barcelona, 1987: p. 708). Ese voluntarismo extremo, el que pide y logra hasta el último de los sacrificios de cada uno de sus paisanos, por fantasioso que sea, inherente a las lecciones “teóricas” de Guevara, fue posible por las circunstancias y por la propia capacidad y personalidad de Castro. Paisanos que son rehenes, le agradecen en abundancia sus esfuerzos por permitirles sobrevivir.al rehén de sí mismo, aún a costa de pueblos como el venezolano que, por suerte de las grandes bonanzas petroleras del siglo XXI (que los hubo, aunque digamos no darnos cuenta), tuvo a un Chávez Frías como un mal imitador y, ya en el fondo de un barril vacío, tiene a un Maduro Moros como una farsa que los cursillos leninistas en La Habana no enderezaron ni tenían por qué hacerlo al consumarlo como un agente de potencia extranjera. Y, ojo, mi crítica dista muy bien del cubano mayamero de Mariel. Pero muy bien pintan los especialistas la cosa al afirmar (creo que fue Octavio Paz) que la literatura de ficción dice más que los cientistas sociales. E incurrí de nuevo en la lectura de Leonardo Padura. “Herejes” que por una concesión graciosa al mercado cautivo que, entre nosotros, lo engalana, Tusquets permitió imprimir en la Venezuela ya huérfana de libros (2014), retrata muy bien la precaria cotidianidad que sufre y a la que aparentemente se resignan los cubanos. Me veía reflejado en cada línea que trataba de las peripecias de Mario Conde, estampando la miserabilísima o misérrima vida de los isleños que “alguna” variación dejó consignada al ventilar la vida de Daniel Kaminski, un judío harto y vivencialmente heterodoxo. Al respecto, fue una lectura amarga porque – me dije – nuestras privaciones nos conducen a las que para colmo agradecen caribeñamente al régimen. Están las notas de una actualidad irreprimible, como – al final del libro – las representan los “emos”, pero todo es atraso, supervivencia, molicie. Muchas veces escuché los comentarios burlones de los venezolanos que, antes del chavismo, pisaron las calles de la festejada Nueva Trova (que nos sigue gustando), porque debieron regalar desodorantes, pasta de dientes, camisas y pantalones, por los cuales abierta o subrepticiamente peleaban sus anfitriones. Un buen “bluyín” era algo codiciado en la propia ciudad del malecón. Y, ahora, somos nosotros los que pudiéramos pelear (y peleamos) por un regalo semejante. Además, entendemos por qué los cubanos no viajan al exterior ya que no hay prohibición expresa para hacerlo. Acá tampoco, aunque bien sortario es que, si logra tener los bolívares y la oportunidad del boleto, pueda alcanzar las divisas cada vez más escasas. Es el mejor aporte de un Padura de cuya obra ciertamente no somos devotos. Puede habitar en su terruño y escribir (hasta donde se sabe cómo y qué tendrá guardado en sus gavetas), porque insiste en vivir su cubanidad beisbolera, pudiendo exilarse como lo envidiaría cualquier coterráneo que aspira saltar de la balsa a tierra firme allende la mar; y porque lo protege su celebridad internacional que eleva el costo de cualquier atentado. Además, ¿quién puede leerlo en la isla parecida a un caimán? Tratamos de un enorme testimonio que nunca vapuleará un Edmundo Desnoes, por ejemplo. Para allá vamos. Para allá. |
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