Los ruidos del silencio
Escrito por Patricio Carbacho Astorga   
Jueves, 06 de Agosto de 2009 09:00

altEl ser humano, en cuanto ente social, necesita comunicarse para intercambiar ideas, transmitir sentimientos, y para formar sociedades que persigan un objetivo común. La historia está marcada por grandes hitos en torno al aumento de la capacidad de comunicación del hombre. Primero fue la palabra, luego la escritura y posteriormente la imprenta, los que marcaron el constante crecimiento de nuestra capacidad de comunicación.

La era moderna ha experimentado una explosión en materia de comunicación.  Ahora no sólo podemos transmitir nuestras ideas a una persona, sino que podemos hacerlo simultáneamente a muchas de ellas por medio de la radio.  Más aún, ahora se puede transmitir imágenes en colores y a mucha distancia, o utilizar los medios que hemos alcanzado en los albores del siglo XXI: internet, telefonía celular, o los últimos progresos que permiten la integración digital de todo lo anterior, ocupando un espacio radioeléctrico cada vez más reducido. Esto ha permitido expandir constantemente las comunicaciones y aumentar en forma increíble aquello que muchos llaman la “conectividad digital”.  Se ha elevado la simultaneidad, ahora podemos transmitir a millones de personas un mismo hecho, y también se ha disminuido el tiempo requerido para establecer esa comunicación.  Hoy podemos ver lo que está ocurriendo en cualquier parte del mundo.

El único recurso inagotable que existe es la información. Recurso que además, por sus características, constituye una fuente de poder. Aquel que posee información tiene una gran ventaja sobre quien no la tiene.  Por ello la sociedad moderna ha formado instituciones que velan por que se mantenga una permanente diversidad en los medios, para que no exista la posibilidad que alguien establezca un monopolio y “filtre” la información  a su amaño y conveniencia.  El Estado es quien cuida y regula, no solamente la adecuada calidad técnica de los medios, sino que fundamentalmente vela porque la propiedad de los mismos esté diversificada.  Ello permite que exista pluralismo en las ideas y en los enfoques, y que se ofrezca al público un abanico de posibilidades ya sean éstas en materia de conocimiento o en entretenimiento.

Lo anterior nos permite acceder a un nuevo enfoque de la realidad.  Un suceso habrá ocurrido en cuanto el hecho se haya difundido y esté en conocimiento de la población. A su vez, en tanto cuanto mayor comunicación  posea un núcleo humano, mayor será su cohesión e identidad como grupo social.  No es lo mismo un grupo de islas que un archipiélago.

Vistas así las cosas, los últimos acontecimientos no dejan de llamar la atención. El Estado venezolano, en lugar de propiciar la expansión y multiplicidad de los medios, tiende a establecer un monopolio de los mismos, como lo demuestra el arbitrario cierre de 34 estaciones de radio y el anuncio de poner término a la concesión de 240 emisoras. Esto es algo que nadie logra entender, a menos que acepte que el objetivo es precisamente establecer un monopolio de las comunicaciones para filtrar la información desde un solo punto de vista.

Observando entonces que el Estado venezolano persigue el establecimiento de un monopolio de la información con miras a enfrentar la realidad como un todo, desde un solo ámbito, con un solo tono –rojo rojito-- y bajo una concepción totalitaria; podemos examinar si otros ámbitos del quehacer nacional han experimentado un tratamiento similar.

Pareciera que la educación ha sufrido varios intentos por llevarla desde un universo multidimensional a un solo grado de libertad, aquel que fije el Estado.  Tal si no es la propuesta educacional que se elabora bajo el manto del secreto en la Asamblea Nacional.

Este apagón cultural también lo sufrió el Ateneo de Caracas y el Teatro Teresa Carreño.  El otrora orgulloso Congreso Nacional donde fluían ideas y se intercambiaban opiniones, concepciones y puntos de vista; hoy está convertido en una obsecuente asamblea monocolor cuya función es aplaudir y cumplir sin objetar los más mínimos deseos del Poder Ejecutivo.

El apagón también lo ha sufrido la otrora pujante PDVSA que luego de ser la quinta empresa del mundo, víctima de esta administración rojo rojita, está endeudada, disminuida  y relegada a lugares de importancia menor.  Otro tanto ocurre con la CVG.

El apagón también lo sufre Edelca y con ella, casi toda Venezuela, como lo han podido comprobar trece regiones del país.  La industria automotriz cuyos modelos otrora Venezuela exportaba orgullosa a toda la región, hoy está parada por falta de divisas, algo difícil de explicar si se miran los ingresos que el país ha tenido los últimos diez años.

Este “apagón monocolor” también lo ha experimentado el sector salud y ha debido sufrirlo mayoritariamente el pueblo venezolano.  La desgarradora imagen de una parturienta dando a luz a las puertas de la Maternidad Concepción Palacios es algo que debiera golpear la conciencia de un gobierno que se dice del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Para colmos, ahora resulta que hasta el café venezolano ha sido víctima del “apagón monocolor” y Fama de América, Madrid y El Peñón, seguramente serán substituidos por Café El Che y habrá que hacer cola en Mercal para comprar un paquete de un cuarto  kilo.

La verdad es que el cierre de las radios, la amenaza de cierre a Globovisión, el encarcelamiento de Gustavo Azócar, la prisión de Simonovis, Forero,Vivas y tantos otros; hacen que el gobierno ya no pueda evitar que su caracterización esté cada día más lejana a lo que hace diez años fue la democracia venezolana, aunque la OEA sea la única que no se ha dado cuenta.

En el baúl de los recuerdos conviven en santa paz la Constitución Nacional, la democracia, la libertad de expresión y la propiedad privada.  Y en el mundo exterior se oyen cada vez más fuertes los ruidos del silencio.

(*): Ex Embajador de la OEA en Venezuela


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