Revisar nuestro camino
Escrito por Eugenio Tironi   
Martes, 28 de Julio de 2009 15:52

http://www.prescott.edu.pe/biblioteca/2008/2008_6_boletin/Imag.Junio/El%20Papa.jpgLa reciente encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate, es una reflexión sobre el orden económico mundial y su crisis actual. Cuentan que ha costado traducirla al latín, pues habla de asuntos contemporáneos en un lenguaje contemporáneo.
El Papa inicia su reflexión invitando "a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad". Así como no se puede separar la inteligencia del amor, no se puede separar la economía de las exigencias de carácter moral. "El desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad".

La empresa tampoco escapa a este mandato: ella "no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia".

La encíclica reconoce que "el mercado es la institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos". Pero agrega -retomando un enfoque clásico en la sociología- que para cumplir esta función requiere de la existencia de cierta "cohesión social" (esto es, "formas internas de solidaridad y de confianza recíproca"), que por sí mismo el mercado no puede producir, y que es responsabilidad de la política producirla.

La actividad económica "debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios". Refiriéndose a la crisis actual, señala que "hoy, precisamente esta confianza ha fallado".

El mercado y la globalización, advierte, "han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social". Los gobiernos, "por razones de utilidad económica, limitan a menudo las libertades sindicales o la capacidad de negociación de los sindicatos mismos"; y la globalización ha impuesto "limitaciones" al Estado nacional. Pero "la sabiduría y la prudencia -agrega- aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado. En relación con la solución de la crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias" para "corregir errores y disfunciones".

La encíclica llama a crear una autoridad política global que regule la "lógica mercantil", reclama contra una competitividad insensible a los efectos sociales, subraya la dimensión ética del consumo y advierte sobre la destrucción del medio ambiente en función de un falso criterio de "eficiencia", entre otros tópicos de gran actualidad. Pero el mensaje esencial es que "la crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso".

Si se toma en serio, este mensaje está destinado a dejar profundas huellas en nuestro mundo.


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