Salud y Bienestar
Mecanismos psicológicos de la mentira
Escrito por Alfonso Echávarri Gorricho
Viernes, 26 de Septiembre de 2014 07:40

Mecanismos psicológicos de la mentira
En su etapa más infantil, la persona no posee determinadas competencias para gestionar todas las situaciones que le rodean. Es por eso que a veces recurre a lo que conocemos como “mentira”, un medio para sacudirse de ciertas responsabilidades para las cuales no está psicológicamente preparada.
La persona en edad temprana no posee estos elementos argumentativos relacionados con la ética acerca de la realidad ocurrente y es por ello por lo que “reacomoda” esta realidad desde su mundo limitado de experiencias. Por lo tanto, inicialmente la mentira puede convertirse en un medio para evitar una serie de consecuencias negativas.
Esto que podemos considerar como algo normal en los niños pequeños, sin embargo es materia educativa por parte de los padres. Enseñar desde edades tempranas acerca de la responsabilidad de las acciones es algo que posibilitará a este niño en su vida adulta para no “tirar balones fuera”. Corregir es educar. Corregir con cariño y recompensar la sinceridad del pequeño más que castigar la mentira, aunque en ocasiones también es muy educativo que asuman ciertas consecuencias en relación a sus acciones. Pero con medida.
El problema aparece cuando estos mecanismos de corrección no están presentes y el niño va creciendo integrando la mentira y el engaño en su persona, como un modo eficaz de consecución de determinadas ganancias.
Carl Jung hablaba del denominaba “yo social”, la parte de la persona que responde activamente a lo que se espera de ella, y por lo que se le recompensa. El ser humano puede acudir a la herramienta de la mentira para salvaguardar su propia imagen, tanto externa como auto percibida.
Es posible que para la persona sea más importante ser sincera que proyectar una imagen. Si esto es así, percibirá que las pérdidas asociadas a su percepción más genuina, más interna, superarán a las ganancias externas, por lo que es más que probable que no recurra a la mentira. Vamos, que es un tema de conciencia.
El problema llega cuando el uso de la herramienta de la mentira se convierte en abuso. Es aquí donde se pierden fácilmente las referencias y donde se suele producir con más facilidad la anestesia de la ética y de la moral. La persona que empieza a integrar la mentira en su vida de forma sistemática lo hace de tal forma que convierte en costumbre el hecho puntual, perdiendo la capacidad de análisis e instalándose en la inercia. Hasta los más pequeños asuntos están salpicados de medias verdades.
Este modelo de comportamiento tiene una directa implicación en el sistema de creencias de la persona, es decir, que de tanto practicar la mentira puede llegar a enmarcar su vida en una mezcolanza entre fantasía y realidad, de difícil resolución. Lo que se conoce como “se cree sus propias mentiras”. Así, estas personas adoptan un modelo de vida como si, construyendo un personaje irreal que les permita seguir recibiendo recompensas externas. Cuando este falso personaje llega a ser creíble para el propio individuo, es entonces el tiempo de los desequilibrios y de los trastornos mentales.
Mentir no está bien y tarde o temprano se pagará el peaje. Sin embargo acontecen situaciones en las que esconder parte de la realidad puede que no sea tan negativo. Y estas situaciones deben ser analizadas por la persona siempre en función del bien ajeno y nunca desde el beneficio propio.
Existen mentiras de todo tipo y condición. Cuando digo que en ocasiones la mentira puede que no sea dañina, me refiero a las que piensan en el bienestar del otro. Sé que esto puede ser cuestionable, pero hay ocasiones en que la no verdad trae más beneficios que la verdad completa.
Pobre Pinocho. Cada vez que mentía le crecía la nariz. A los seres humanos nos crecen los problemas cada vez que mentimos. Ya tenemos algo en común los muñecos de madera y las personas de carne y hueso.
Alfonso Echávarri Gorricho
Psicólogo y coordinador de Programas en el Teléfono de la Esperanza

altEn su etapa más infantil, la persona no posee determinadas competencias para gestionar todas las situaciones que le rodean. Es por eso que a veces recurre a lo que conocemos como “mentira”,

 
Un estudio vincula los edulcorantes artificiales con diabetes y obesidad
Escrito por Jaime Pratts
Viernes, 19 de Septiembre de 2014 07:53

Un estudio vincula los edulcorantes artificiales con diabetes y obesidad
El trabajo, publicado en 'Nature', relaciona estos aditivos con cambios en la flora intestinal
Las conclusiones más concluyentes se han obtenido de experimentos con ratones
JAIME PRATS Valencia 17 SEP 2014 - 18:16 CEST64
Archivado en: Obesidad Sistema endocrino Azúcar Anatomía Israel Diabetes Endocrinología Enfermedades endocrinas Oriente próximo Investigación científica Enfermedades Especialidades médicas Asia Medicina Sociedad Alimentación Salud Ciencia Industria
Los edulcorantes artificiales se usan en cada vez más bebidas refrescantes y alimentos preparados / JESÚS CÍSCAR
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Los edulcorantes artificiales que se emplean frecuentemente como sustitutos del azúcar acompañando al café, en refrescos y alimentos preparados quizás no sean el aliado que aparentan ser contra la obesidad, el sobrepeso y sus trastornos metabólicos asociados como la diabetes. Un estudio de investigadores del Weizmann Institute of Science (Israel) sostiene que el consumo de estos aditivos provoca, al menos en algunas personas, intolerancia a la glucosa, una fase previa a la diabetes en la que hay una mayor concentración de azúcar en la sangre, y alteraciones metabólicas relacionadas con la obesidad; es decir, el efecto contrario al que pretenden conseguir.
El trabajo, que publica la revista Nature, explica esta paradoja apoyándose fundamentalmente en los cambios que estas sustancias –se han analizado tres, la sacarina, la sucralosa y el aspartamo- provocan en la flora intestinal de ratones y que derivan en alteraciones tanto de la composición como de la función de las bacterias del sistema digestivo.
Como consecuencia de ello, los autores del estudio, Eran Elinav, del departamento de inmunología del centro de investigación israelí, y Eran Segal, del departamento de computación, sostienen que la expansión del uso de los edulcorantes artificiales en bebidas y alimentos se puede considerar, entre otros motivos, como una de las causas de la epidemia de diabetes y obesidad que se extiende por el mundo. Casi un tercio de la población padece sobrepeso.
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Otros especialistas son mucho menos contundentes y matizan seriamente las conclusiones a las que ha llegado el grupo israelí. Es el caso de Miguel Ángel Rubio, secretario de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, quien destaca que la mayoría de los estudios realizados hasta el momento no han encontrado problemas para la salud por el consumo de edulcorantes en las dosis habituales. El matiz es importante, ya que, añade, en el artículo que publica Nature se ha administrado la cantidad máxima permitida por las autoridades sanitarias estadounidenses (FDA), 5 miligramos por kilo de sacarina. “Esto supondría 350 miligramos en una persona de 70 kilos, lo que supone una dosis exagerada, nadie consume estas cantidades”, comenta. Además, censura que la mayoría de las conclusiones se han extraído de las pruebas hechas en ratones cuando, debido a las diferencias entre ambas especies, no son resultados que se puedan trasladar directamente a humanos.
Alberto Fernández, endocrino del hospital de Móstoles, es de la misma opinión: "Es prematuro extrapolar estos resultados a humanos, la flora de los ratones es distinta a la nuestra". Además, insiste en los estudios con cientos de miles de personas que avalan que "el consumo de edulcorantes es seguro".
Es cierto que el grueso de los estudios se ha practicado en ratones, aunque no exclusivamente. Los investigadores administraron a los roedores dosis de los tres edulcorantes más frecuentes: sacarina, sucralosa y aspartamo, y advirtieron en estos animales alteraciones metabólicas que se tradujeron en un aumento de sus niveles de glucosa en la sangre. Las tasas eran superiores, incluso, que las registradas entre los que habían tomado azúcar en lugar de sus sustitutivos.
Como los cambios en la dieta se asocian a alteraciones en la flora intestinal, los científicos centraron el foco en los posibles cambios provocados por los aditivos en las bacterias del sistema digestivo.
Implantaron bacterias intestinales de ratones que habían consumido sacarina –mediante un trasplante de heces- a aquellos que no habían probado nunca los edulcorantes artificiales y advirtieron que sufrían los mismos efectos perjudiciales, es decir, más glucosa en la sangre (prediabetes). Para los investigadores, esta fue la prueba de que el consumo de edulcorantes provoca cambios en la flora intestinal que, a su vez, derivan en alteraciones metabólicas vinculadas a la diabetes.
Al analizar al detalle la composición de la flora microbiana de los ratones consumidores de edulcorantes sintéticos, los investigadores observaron “profundos cambios en la población de bacterias, pero también nuevas funciones, algunas de ellas relacionadas con una mayor propensión a la obesidad y la diabetes”, lo que reforzó su tesis.
¿Y en humanos? Los investigadores defienden que se dan los mismos efectos que en ratones apoyándose en dos argumentos. En un estudio con 400 personas advirtieron que quienes decían consumir edulcorantes presentaban poblaciones bacterianas distintas y más propensión a tener niveles elevados de azúcar en sangre respecto a quienes no tomaban estos aditivos. Además, realizaron un pequeño ensayo con cinco hombres y dos mujeres que no consumen habitualmente estas sustancias. Durante una semana se les administró sacarina (de nuevo la cantidad máxima permitida por la ley estadounidense dividida en tres tomas diarias). Cuatro de ellos mostraron, solo cuatro días después, síntomas del síndrome prediabético, pero en los otros tres los valores de azúcar en la sangre se mantuvieron normales. Para los investigadores, esta diferencia responde a que la flora intestinal entre los humanos no es homogénea y en algunos casos reacciona ante los edulcorantes con una especie de respuesta inmune que se traduce en alteraciones en el metabolismo del azúcar.
Miguel Ángel Rubio, de la unidad de nutrición del hospital Carlos III de Madrid, destaca el hecho de que el ensayo en humanos sea muy limitado (solo siete personas) y no arroje resultados tan concluyentes como en ratones: “no se pueden sacar conclusiones de este trabajo de los efectos en humanos”, insiste.
Los autores del trabajo, sin embargo, destacan cómo el incremento del consumo de los edulcorantes es paralelo al aumento “dramático” de las epidemias mundiales de obesidad y diabetes. “Nuestros hallazgos sugieren que estas sustancias podrían haber contribuido a aumentar la epidemia que trataban de combatir”, concluyen.

altLos edulcorantes artificiales que se emplean frecuentemente como sustitutos del azúcar acompañando al café, en refrescos y alimentos preparados quizás no sean el aliado que aparentan ser contra la obesidad,

 
¿Cómo prevenir el Alzheimer?
Escrito por Iván R. Méndez | @ivanxcaracas
Jueves, 18 de Septiembre de 2014 16:26

altEs una creencia errónea, incluso entre algunos médicos generales, asumir como “normal” que a un adulto de más de 65 años se le empiecen a olvidar sus rutinas y talentos, como el cocinar, así lo asegura el doctor Alberto Mendoza,

 
Sanidad universal
Escrito por Victoria Camps
Sábado, 13 de Septiembre de 2014 08:17

Sanidad universal
Una de las malas noticias del verano ha sido la epidemia de ébola. Del tema conocemos sobre todos el caso del religioso español Miguel Pajares infectado por el virus y repatriado bajo medidas de precaución excepcionales para recibir un tratamiento que desgraciadamente resultó infructuoso. La respuesta de Europa y Estados Unidos a una epidemia de estas características pone sobre la mesa unas cuantas preguntas de relevancia ética.
La primera tiene que ver con la legitimidad de tratar a pacientes con un medicamento aún no experimentado con humanos cuando no existen otros fármacos que puedan curar la enfermedad. La segunda se refiere a las obligaciones de los gobiernos nacionales para con los profesionales de la sanidad que acuden voluntariamente a estos países. Una tercera pregunta deriva de las dos anteriores: ¿Es de recibo, o es de justicia, utilizar los recursos disponibles para atender exclusivamente a los afectados nacionales? La última noticia es que la OMS se ha retirado de Sierra Leona para evitar más accidentes entre sus trabajadores allí desplazados.
Dado que el primer principio de la ética médica es no hacer daño, habrá que decidir si es éticamente aceptable dispensar a los pacientes infectados un medicamento que aún no ha sido probado en humanos. La respuesta a la pregunta ha sido unánime: es razonable utilizar un “tratamiento experimental” cuando el riesgo de morir es mucho más alto que el de sobrevivir y el paciente en cuestión consiente en ser tratado.
Pero los enfermos tratados hasta ahora han sido siete, solo dos de ellos liberianos. Los infectados en Africa son multitud. ¿Sería ético aplicarles también a ellos el tratamiento experimental? ¿Cómo hacerlo cuando se ha denunciado repetidas veces la explotación de pacientes de países pobres para experimentar con medicamentos? ¿Cómo evitar la apariencia de manipulación?
Las dudas ponen de relieve que la cooperación internacional en materia de sanidad se encuentra en mantillas. Es sencillo concentrarse en el problema de la legitimidad de dar un medicamento no experimentado a un paciente de un país rico, que plantearse una cuestión de más calado, relativa a la aplicación de la justicia distributiva a cuestiones de salud pública. Por mucho que consideremos un deber ético proteger a las personas que voluntariamente se dedican a la cooperación, con riesgo para sus vidas, el contraste entre el cuidado que estas personas han recibido y la visión impotente, o indiferente, hacia los miles de africanos, incluidos los profesionales de la sanidad autóctonos afectados por el virus, pone de relieve la inanidad de un derecho a la protección de la salud supuestamente universal.
Una plataforma ciudadana que agrupa a enfermos de hepatits C se dispone a denunciar al Ministerio de Sanidad porque no garantiza el suministro generalizado del antiviral más efectivo para tal enfermedad. Es un medicamento caro y, en tiempos de penuria, Sanidad se acoge al consabido argumento de que no hay dinero para un gasto de tal envergadura.
La hepatitis C es una dolencia grave. Si es un deber proteger la salud de todos los ciudadanos, ¿cómo puede justificarse que solo los que pueden permitírselo tengan acceso a la curación? ¿Hasta dónde los gobiernos han de condescender a la voracidad económica de la industria farmacéutica?
No son dos casos comparables, pero tienen un denominador común que es el que quiero subrayar. En materia de atención sanitaria se ha avanzado mucho en el imperativo de proteger la dignidad e integridad de los pacientes. Pero con respecto a la equidad queda mucho por hacer, a nivel nacional y no digamos a nivel internacional. Suscribo lo que Luigi Ferrajoli ha calificado como “la mayor antinomia que aflige a la historia de los derechos fundamentales”, a saber, la contraposición entre derechos del hombre y derechos del ciudadano. Con respecto al derecho a la protección de la salud, hay ciudadanos de primera y de segunda, no solo porque unos han tenido la suerte de nacer en un país rico y otros no, sino, cada vez más, porque los recursos públicos destinados a garantizar este derecho van menguando. Como escribe Gurutz Jáuregui en Hacia una regeneración democrática, para que los derechos sociales, que son los derechos de la igualdad, se respeten debidamente, la titularidad de los mismos no puede estar ligada a la pertenencia a una nación, “el demos ya no puede identificarse con las fronteras estatales”.
Victoria Camps
Profesora emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona

altUna de las malas noticias del verano ha sido la epidemia de ébola. Del tema conocemos sobre todos el caso del religioso español Miguel Pajares infectado por el virus

 
Las muertes en Maracay
Escrito por Nicomedes Febres (médico/politólogo)
Viernes, 12 de Septiembre de 2014 10:09
Los médicos son pésimos políticos porque no estamos entrenados para mentir y con la vida de la gente no se juega. La información que llega a través de El Nacional es francamente preocupante
porque se trata de una epidemia local de alguna enfermedad infecciosa. Lo primero que se hace es declarar la alerta epidemiológica y se envía recursos técnicos y materiales para estudiar y enfrentar la calamidad. Se apela además al Centro Mundial de Enfermedades Infecciosas ubicado en Atlanta y propiedad del gobierno norteamericano. Eso lo hace desde Liberia y Sudán hasta Rusia y China. Que la presidente de la red de Sociedades Científicas, a quién no conozco, pero que solo es representante de nuestros organismos científicos, haya exigido declarar la urgencia humanitaria para la crisis de la salud en nuestro país habla de la gravedad de la situación. El gobernador de Aragua, como vocero del gobierno, solo desmiente la situación y trata de ocultar la verdad, lo que permite que se extienda el problema sin ofrecer soluciones. El comunismo cayo así, la crisis generada por el desastre atómico de Chernobyl fue ocultada por el gobierno ruso, porque en cada nivel de alerta retrasaron la información de lo que estaba sucediendo hasta que la nube de radiación amenazó a afectar a Occidente. Fue en ese momento que Gorbachov, presionado por los gobiernos europeos y por Reagan, decidió reconocer la calamidad atómica y aceptar que el sistema comunista como un todo estaba basado en una gran mentira. Chernobyl fue conocido porque los satélites norteamericanos tenían las fotos con detalles de lo que había sucedido y todas las evidencias técnicas del caso. Gorbachov se fue al Kremlin y reconoció el desastre que era el sistema y el sistema se desplomó. La grandeza de Reagan estuvo en no hacer leña del árbol caído, pues entendía que algunos sectores del partido comunista de la antigua URSS se resistieron a reconocer la verdad. En este caso conocemos la verdad porque los pocos medios independientes lo han publicado, sino la epidemia hubiera crecido y el gobierno lo hubiese ocultado a la población o habría dicho que es un ataque sanitario como parte de la guerra del imperialismo, al igual que dice que la subida del precio del dólar es parte de una guerra económica que solo existe en su imaginación y cuyo desastre es producto del disparate económico que ha sido este largo gobierno de 15 años. Las Sociedades Científicas jamás usarán esta crisis humanitaria para hacer política porque ellos no se meten en ese terreno, pese a que la crisis humanitaria si tiene un componente político porque hace años le están quitando recursos al sector salud. Si un cargo en un hospital es dejado libre, lo clausuran y ese dinero o se lo roban o lo gastan en propaganda oficial. Aquí no se construyen hospitales desde hace años, porque el gobierno pinta el hospital, le cambia el nombre a otro más rimbombante y se gasta el 80% del dinero en publicidad o se lo roban. Tampoco se construyen clínicas por la inseguridad jurídica, la última fue el Hospital de Clínicas Caracas que se inauguró poco después del Viernes Negro de 1983 y la Clínica de Rescarven, que es la vieja clínica Santa Cecilia remodelada. Esa vaina es una verdad como un templo. El Centro Médico Docente La Trinidad fue un prospecto de hospital privado que se empezó a construir cuando yo estaba recién graduado y acabo de cumplir 45 años graduado de médico, y hasta hace poco fue un centro de consulta de referencia que no tenía hospitalización.
* Las fotos de hoy son Los niños de Chernobyl, aquellos que estaban en el vientre de sus madres y nacieron con problemas en los brazos (focomelia) producto de la radiación y la otra es la medalla a los obreros que construyeron el muro de cemento para sellar la fuga de la radiación y como lo hicieron con mala protección, muchos de ellos murieron, pero recibieron esta medalla, que hoy usted la puede compra en eBay por 7 dólares. Una vida joven a cambio de 7 dólares. Así pagan los comunistas a los pendejos que creen en ellos. A otro perro con ese hueso chimbo.

altLos médicos son pésimos políticos porque no estamos entrenados para mentir y con la vida de la gente no se juega. La información que llega a través de El Nacional es francamente preocupante

 
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