La profanación de los restos de Bolívar
Escrito por Carlos Alarico Gómez   
Martes, 20 de Julio de 2010 10:12

altLo ocurrido en la semana que termina ha dejado impactada a la sociedad nacional. La tumba de Simón Bolívar ha sido profanada por un grupo de personas con el rostro oculto, totalmente vestidas de blanco, a la usanza de los babalaos, durante un día que comenzó con una marcha de grupos oficialistas contra la Iglesia Católica y culminó con un acto llevado a cabo en una noche de luna nueva, a la usanza de algunas sectas religiosas. ¿Casualidad o planificación?
La acción dejó en vilo a los venezolanos. Fue impresionante ver el esqueleto de Bolívar sin ningún tipo de protección física o espiritual, convertido en un show de televisión. Los planificadores del acto sacrílego no olvidaron enviar las imágenes a los canales internacionales, que transmitieron la noticia con algunos comentarios que buscaban ser divertidos –sin lograrlo- de un acto tan bochornoso, que fue calificado de espectáculo grotesco por algunos de ellos.
El gobierno venezolano olvidó por completo el respeto debido al personaje histórico que más profundamente ha llegado a los venezolanos. Es quizá la derivación de un problema que comenzó con la intervención del Presidente en diciembre de 2007, en la que dijo tener dudas documentadas en torno a su posible asesinato e, incluso, dejó saber sus sospechas sobre los restos que se encuentran en el Panteón.
La única referencia seria en torno al tétrico episodio que acabamos de vivir es la presencia del científico español José Antonio Lorente, quien con anterioridad participó en la identificación de los restos de Colón.

Antecedentes
Una de las causas de toda esta lamentable situación conduce a la época de Antonio Guzmán Blanco, quien inició lo que podría llamarse la deificación de Bolívar. Como se sabe, tenía un vínculo de parentesco con el Libertador a través de su madre Carlota Blanco de Jérez y Aresteiguieta. La apoteosis comenzó durante el centenario del natalicio de Bolívar, circunstancia que fue aprovechada con gran habilidad por el Ilustre Americano -como le gustaba hacerse llamar-, quien creó por decreto la Junta respectiva, la cual estuvo presidida por Antonio Leocadio Guzmán, quien la coordinó, e integrada por Fernando Bolívar, sobrino del Libertador, así como por los intelectuales Arístides Rojas, Agustín Aveledo, Pablo Clemente, Andrés Level de Goda y Manuel Vicente Díaz, quienes cumplieron a cabalidad la misión asignada.  
Esta actitud se ha  repetido en varias oportunidades. Castro y Gómez  fueron grandes bolivarianos. Posteriormente, Eleazar López Contreras creó un partido político bolivariano, que tuvo como propósito garantizar la permanencia de los hombres de la Causa Andina en el poder y su propio regreso a la Presidencia, lo que fue revivido por Hugo Chávez, quien violó la Ley sobre el uso del nombre, la efigie y los títulos de Simón Bolívar, vigente desde 1968.
El resultado es que se ha convertido a Bolívar en un fantasma viviente que no es más que una caricatura de lo que él realmente fue, lo que ha generado líderes que se sienten elegidos por la providencia para vindicar las afrentas reales o supuestas que le infligieron al Libertador.  

La muerte de Bolívar
El 17 de diciembre de 1830 fue el último día en la vida de Bolívar, el hombre que creó a Colombia en 1819 y que había dirigido sus destinos hasta marzo de ese mismo año. El médico francés Alejandro Próspero Reverend había estado atendiéndolo desde el 1 de diciembre, fecha en la que el navío Manuel condujo al Libertador desde Barranquilla. Reverend había actuado muy profesionalmente desde que Bolívar fue confiado a su cuidado, a pesar de los pocos recursos médicos de que disponía y de lo limitado de sus conocimientos. Su experiencia la describió en su obra La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, editada en París en 1866.
Consciente de lo delicada en que se hallaba su salud, Bolívar se confesó con el Obispo de Santa Marta, monseñor José María Estévez, y recibió la extrema unción de manos del padre Hermenegildo Barranco, párroco de la población de Mamatoco, la más cercana a San Pedro. También firmó su testamento el día 10, en el cual hizo un dramático llamado a la unión de los pueblos para preservar la paz.
Era el mediodía del 17 de diciembre cuando  Fernando Bolívar y José Laurencio Silva observaron a Reverend que caminaba cabizbajo y ceñudo hacia donde ellos se encontraban. Los tres hombres presumieron la noticia que estaban a punto de recibir. Cuando el médico estuvo al lado de ellos les expresó en alta voz, para que escucharan los que se encontraban más lejos: "Señores, si queréis presenciar los últimos momentos y postrer aliento del Libertador, ya es tiempo".

Los testigos de la muerte  
Todos los presentes fueron penetrando en la alcoba donde se encontraba el Padre de la Patria y, una vez allí, presenciaron la agonía y muerte del Libertador en un silencio sepulcral sólo interrumpido por los constantes sollozos de José Palacios. Estuvieron presentes en el momento del trance los generales Mariano Montilla, José Laurencio Silva, Julián Infante, José Trinidad Portocarrero y José María Carreño; los coroneles Belford Hinton Wilson, José de la Cruz Paredes y Joaquín de Mier; el comandante Juan Glen; los capitanes Andrés Ibarra y Lucas Meléndez; los tenientes José María Molina y Fernando Bolívar Tinoco; los doctores Manuel Pérez Recuero y Alejandro Próspero Reverend; y su mayordomo José Palacios. Todos ellos fueron fieles al Libertador durante su vida y después de su muerte.                      
El deceso de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se produjo a la una de la tarde. Reverend lo informó al mundo a través de su reporte médico número 33 y, de inmediato, expresó que era necesario hacer una autopsia. Una vez que estuvieron todos de acuerdo, le correspondió al general Montilla transmitirle la conformidad de los deudos.

¿Fue asesinado Bolívar?
Las personas que acompañaron a Bolívar durante su enfermedad fueron todas de su más absoluta confianza, cercanía y probada lealtad. La vida de todos ellos se conoce al detalle y no hay la más mínima posibilidad de que alguno haya incurrido en un crimen contra la figura de aquel hombre por el que sentían devoción y aceptaban como su máximo líder. Varios de ellos tenían un lazo sanguíneo o colateral con el Libertador, tal como era el caso de Fernando Bolívar, hijo de Juan Vicente, su hermano mayor, al que consideraba su hijo; el general José Laurencio Silva, casado con Felicia Bolívar Tinoco, hija de Juan Vicente. La cocinera que preparaba la comida era Fernanda, enviada por Manuela Sáenz para atender la dieta y cuidar la vida de su amante. El que le servía la comida y le daba masajes era José Palacios, su mayordomo, quien era tratado como si fuera miembro de la familia Bolívar. 

Sólo hay un aspecto extraño que debe ser incorporado a la investigación que anunció el actual Presidente de Venezuela. Ocurrió que el día 12 llegó a San Pedro el coronel Luis Perú de Lacroix con una carta de Manuela para el Libertador, pero no se la pudo entregar dada la situación en que éste se encontraba. Su llegada coincidió con una misiva que recibió Mariano Montilla, en la que le denunciaban que en la casa del Obispo Estévez se encontraba hospedado el Dr. Ezequiel Rojas, uno de los hombres que participó en el intento de magnicidio contra Bolívar el 25 de septiembre de 1828. Tan pronto lo supo, Montilla se presentó en la casa del prelado, procedió a detener a Rojas y lo envió preso a Bogotá bajo la custodia de Perú de Lacroix.
No obstante, la posibilidad de que Rojas haya podido tener acceso a San Pedro Alejandrino para  envenenar al Libertador es altamente dudosa y peregrina. Cualquier intento suyo para entrar en la residencia le habría costado la vida, dado que allí se encontraba el general de división Mariano Montilla, Comandante General del Magdalena, región en donde estaba ubicada Santa Marta, quien disponía de una guardia que custodiaba el área. Además, el Presidente de la República de Colombia era el general en jefe Rafael Urdaneta, amigo incondicional del Libertador, quien había asumido la primera magistratura después del golpe de Estado que perpetró el 3 de septiembre de 1830, deponiendo a Joaquín Mosquera, quien había sido electo por el Congreso Admirable.

La documentación sobre la salud de Bolívar es abundante y no deja duda alguna sobre el pésimo estado físico en que se hallaba el Padre de la Patria. Se puede notar que su enfermedad se había comenzado a agravar desde su último viaje a Guayaquil, el año anterior a su muerte, cuando tuvo que permanecer inactivo debido a su debilidad extrema, según lo comprobado y expuesto por el médico Oscar Beaujon en su ponencia titulada El Libertador enfermo, la cual fue presentada en la Mesa Redonda La enfermedad causal de la muerte del Libertador, organizada por la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina, celebrada en Caracas el 27 de junio de 1963. Beaujon dice textualmente que “A principios de agosto de 1829 el Libertador se encontraba en Guayaquil, donde sufrió… de un fuerte ataque de nervios y fiebre, cuya sintomatología puede concretarse en: ataque de nervios, cólera morbo y fuerte calentura”.
Quizá la evidencia más exacta de su estado de postración la revela el artista José María Espinosa en el retrato que le hizo al Libertador en Bogotá entre enero y marzo de 1830, donde se ve claramente a un anciano muy enfermo y no a un hombre de cuarenta y seis años de edad. Luego, en las cartas que dejó antes y después de su renuncia a la Presidencia hay claros indicios de lo mal que se sentía, hasta el punto de que al llegar a Santa Marta tuvo que ser bajado del barco en los brazos de sus amigos, porque no era capaz de caminar. Esto lo obligó a permanecer en esa ciudad hasta el día seis, fecha en la que fue trasladado en una berlina hasta su destino final. 

Los restos del Padre de la Patria
Luego de la autopsia, los restos fueron preparados y vestidos por Reverend con ayuda de Palacios. Fue una camisa de José Laurencio Silva la que le colocaron cuando vistieron su cuerpo para el entierro, pues la que sacaron de uno de los baúles del Bolívar estaba rota. Una vez cumplidos los honores que le fueron rendidos como Libertador, ex-jefe del Estado y general en jefe, el cuerpo de Bolívar fue colocado en una cripta ubicada en la nave derecha de la Catedral de Santa Marta, al pie del altar de San José, que era propiedad de la familia Díaz Granados. Los gastos del sepelio fueron pagados gracias a una colecta pública entre los amigos presentes, la cual alcanzó la cantidad de doscientos cincuenta y tres pesos.
Tres años después, el presidente José Antonio Páez solicitó al Congreso de Venezuela que ordenara la repatriación de sus restos y, en virtud de que su solicitud no fue oportunamente atendida, el presidente Carlos Soublette renovó la  misma en enero de 1838, a pedimento de María Antonia, hermana del Libertador, pero de nuevo este requerimiento fue pospuesto. No obstante, Páez fue más enfático durante su segundo gobierno y motivado por una carta que le enviaron las hermanas y el sobrino de Bolívar, se dirigió al Congreso el 9 de enero de 1842 exigiendo se aprobara la solicitud formulada por él en su primer mandato, debido a "...los grandes servicios hechos por el Libertador Simón Bolívar a su patria y a la América del Sur...".

Esta vez el Congreso decretó el traslado de los restos el 29 de abril de ese año y Páez le colocó el ejecútese al recibir el documento del Poder Legislativo, procediendo de inmediato a designar una Comisión presidida por José María Vargas e integrada por José María Carreño y Mariano Ustáriz, quienes viajaron acompañados por el presbítero Manuel Cipriano Sánchez en el buque Constitución, propiedad de la Armada venezolana, bajo el mando del comandante Sebastián Boguier. Al llegar a Santa Marta fueron atendidos por la Comisión designada al efecto por el gobierno de la Nueva Granada, presidido entonces por el general Pedro Alcántara Herrán, quien ordenó la entrega de los restos el día 4 de agosto del citado año. La Comisión estuvo integrada por el general Joaquín Posada Gutiérrez, gobernador de Santa Marta; monseñor Luis José Serrano, obispo de la Diócesis; el general Joaquín Barriga, Juan Francisco de Martín y Joaquín de Mier. El doctor Alejandro Próspero Reverend fue el encargado de abrir la cripta y preparar el informe de la entrega de los restos, excepto el corazón de Bolívar que permaneció en un cofre guardado en la citada Catedral, con el visto bueno de la representación de Venezuela.
La exhumación tuvo lugar el 20 de noviembre de 1842 a las 5 de la tarde. El informe del doctor Reverend no deja lugar a dudas de que los restos que se estaban entregando eran en efecto los del Libertador, y así se dejó constancia en acta. Se debe hacer notar que en 1838, debido al mal estado que se encontraba la cripta después del terremoto de 1834, los restos fueron trasladados temporalmente a la casa de don Manuel de Ujueta y restituidos cuando se realizaron las refacciones correspondientes. Luego, en 1839, el general Joaquín Anastasio Márquez financió la construcción de un sepulcro más apropiado para la dignidad del fallecido y se le reubicó en la nave central, frente al presbiterio.
Una vez comprobada la autenticidad de los restos por Pablo Clemente y Simón Camacho, quienes asistieron al acto en representación de la familia Bolívar, la Comisión salió rumbo a La Guaira el 22 de noviembre y llegó a su destino el 12 de diciembre de 1842. Los gobiernos de Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca y Estados Unidos enviaron naves de guerra para escoltar los restos del héroe en La Guaira, que fueron desembarcados y llevados en caravana a Caracas el 16. Desde que el ataúd entró en la ciudad natal de Bolívar, las demostraciones de afecto expresadas por sus compatriotas fueron inmensas y en forma multitudinaria. Sin distingos de clase, todos acompañaron la caravana funeraria hasta la Iglesia de la Santísima Trinidad, hoy Panteón Nacional.

El ataúd fue trasladado a la Iglesia de San Francisco el 17 de diciembre a primera hora, en el mismo lugar donde recibió el título de Libertador en 1813. Allí permaneció hasta el 23 en la mañana, cuando se le trasladó a la Catedral de Caracas,  donde recibió cristiana sepultura en la capilla de la familia Bolívar. Juana y Fernando, hermana y sobrino de Bolívar, asistieron a los actos fúnebres.
Los restos fueron examinados cuidadosamente por el Dr. José María Vargas y luego colocados en una urna al lado de sus padres, de su esposa y de su hermana María Antonia, según consta en la documentación que existe al respecto. Allí permanecieron hasta el 28 de octubre de 1876, día de San Simón, ocasión en que fueron conducidos al Panteón Nacional, por disposición de Guzmán Blanco. 
Por lo tanto, cuando en 1947 se presentó un escándalo debido a la denuncia que formuló el Dr. José (Pepe) Izquierdo en torno al hecho de haber encontrado una  calavera trepanada que sin dudar un momento dijo ser la de Bolívar. La calavera estaba en la cripta de la familia Bolívar en la Catedral, en el suelo, abandonada. Al trascender la noticia por los medios de comunicación social, la opinión pública reaccionó un tanto angustiada debido a que la gente se preguntaba de quién eran los restos que fueron trasladados al Panteón.

Como era de esperarse, las autoridades actuaron con prudencia y suspicacia, especialmente el Congreso de la República, entonces presidido por el Dr. Andrés Eloy Blanco, debido a que el famoso galeno era muy conocido por su carácter impulsivo y apasionado. El Congreso ordenó una investigación y designó una Comisión que investigó el caso. La incredulidad tenía una base lógica, pues era muy difícil que alguien pudiera haber entrado a la Catedral de Caracas para profanar unos restos que no tenían ningún beneficio pecuniario que ofrecer. Además, en esa época la Catedral tenía el Seminario a su lado (luego Escuela Superior y más tarde sede del diario La Religión) y a pocos metros la Casa Amarilla, que era el lugar donde funcionaba el despacho del Presidente de la República, hasta ser trasladada a Miraflores en 1900. Por lo tanto, cualquiera que hubiese intentado entrar en la capilla con propósitos insanos habría corrido el gravísimo riesgo de ser inmediatamente detenido y sometido a prisión. 

Otro aspecto a considerar es que existe un informe médico-social de los doctores Cristóbal Mendoza, Ambrosio Perera, Vicente Lecuna y M. Cruxent, en el que se deja constancia de que la calavera encontrada por Izquierdo corresponde a la de Josefa Tinoco, mujer de Juan Vicente, hermano del Libertador, cuyo cadáver fue autopsiado con trepanación de cráneo. Sobre el mismo tema se pronunció la Academia de la Historia en un opúsculo titulado Integridad de los restos del Libertador (1947), en el que se concuerda que los restos corresponden a los que se indican en el informe del Dr. José María Vargas sobre la preparación del cadáver del Libertador efectuada por él en 1843.

Consumatum est 
        
No obstante, el actual Presidente de Venezuela procedió a dirigir los actos de exhumación o de profanación. Es importante ahora que, ante un hecho consumado de la magnitud del que acaba de ocurrir, es necesario que los integrantes de la Comisión designada no dejen ninguna duda cuando se produzca el resultado. Un asunto tan delicado no puede ser manejado con criterio político, sino científico. Por lo tanto, la ciencia histórica y la ciencia médica deben ahora determinar cuál es la verdad. La intervención de la Academia de la Historia y de la Academia de Medicina es esencial para que no haya dudas sobre los resultados de la investigación que, según se ha dicho, dirige el doctor Lorente.


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