Mirando a la Medusa
Escrito por Mibelis Acevedo D. | @Mibelis   
Martes, 18 de Abril de 2017 00:01

altLa represión contra opositores vuelve a lomos de la bestia desbocada de siempre: la voluntad para desafiarla, por otro lado, luce particularmente renovada.

Dada la hondura del trance, conviene que esto no sea una percepción falaz, pero las señales sugieren que Venezuela se mueve hacia otra etapa de una dilatada, agónica estación; una que podría estar anunciando un eventual giro, un propicio quiebre. Quizás resta aún un difícil trecho para concretar esa aspiración, pero en lo que toca al abierto conflicto que enfrenta a los mandones de turno con la hastiada mayoría que los adversa –lo que Dankwart Rustow llama fase preparatoria, primer peldaño de toda transición, la crisis cuyos más reveladores desencadenantes tuvieron lugar tras las elecciones de 2015- hoy afloran nervios distintos. Nos desperezamos tras el estancamiento, la paralizante frustración que legó un diálogo disfuncional, para dar paso a una campaña de movilización pacífica y masiva espoleada por exigencias que resuenan desde todos los solares: fijación de cronograma electoral, liberación de presos políticos, respeto por el Parlamento.

Pero, ¿qué diferenciará esta campaña de las que se produjeron en el pasado reciente? ¿Qué impulsa ese nuevo respiro democrático, la raja en el muro del descreimiento que hasta hace poco cercaba a las fuerzas opositoras? ¿Qué podría garantizar, ahora, ser realmente efectivos en cuanto a la consecución de esas metas? Los eventos siguen lanzando migas, sembrando cocuyos en el camino. Sin duda, y hablando del reacomodo de los factores externos, el espaldarazo anímico recibido desde la OEA y otras organizaciones obraron lo suyo. Por primera vez el mundo, testigo de la inmoral debacle que ya no puede falsear el Socialismo del siglo XXI, reconoce la herida, se mueve con temple hacia el lado del oprimido. Pero quizás la prueba más fehaciente de que los tiempos cambian sea el hedor a colapso que camina dentro del régimen. Incapaz de aliviar las tensiones locales, de convencer a otros gobiernos de que la violencia se aplica legítimamente, despojada de todo apoyo popular significativo, la revolución podría también estar bregando con una Medusa a la que insiste en no ver a los ojos: el temible monstruo de la deserción, la apostasía no controlada.

En muchas ocasiones esa amenaza ha asomado su nariz, pero un chavismo otrora entero reaccionó con bastante maña como para sofocarla oportunamente. Así defenestraron a Giordani, por ejemplo, antes de que el malestar de un Ministro activo activase la implosión: un madrugador “damage control”, en fin. Pero la declaración de la Fiscal General de la República-nada menos- sobre la “ruptura del hilo constitucional” perpetrada por el TSJ, los confronta con una inédita debilidad: la de la inopinada crítica que, disparada desde las entrañas chavistas del Estado, se hace pública. Considerando su ascendencia, su apretado casorio con el régimen (recordemos su protagonismo durante las jornadas de protesta-represión en 2014) es imposible no notar el gesto de rebeldía de la Fiscal, coronado por su ausencia durante la celebración del Consejo de Seguridad convocado tras el “impasse”. La “opinión” -que por cierto replicó Eva Golinger, así como los exministros Gustavo Márquez, Héctor Navarro y Oly Millán- tiene otro plomo viniendo de Ortega Díaz: recordemos que sin importar lo que ocurra afuera, un régimen autoritario se mantendrá estable mientras haya una cohesionada coalición dominante que lo sustente. Las rupturas dentro de esa coalición son, pues, pequeños avisos de que la casa no está en orden, de que la peste también ha cruzado el umbral.

Por eso, mientras el ala “dura” habla de sangre, pide apoyo de ministros replegados o llama a empuñar Kalashnikovs, no sólo no podemos desechar la movida de la Fiscal, sino que toca estimularla. Tal como se hizo durante una de las sesiones de la Asamblea Nacional, hay que apuntar el dedo hacia un cuestionamiento que como pocos desnuda la ilegitimidad del régimen. En ese sentido, la movilización generalizada, transversal y descentralizada, también hará lo suyo: como indica Erica Chenoweth, la represión violenta tiende a volverse contra sus perpetradores en la que medida en que ceba el deterioro de la obediencia entre aliados. Dos hechos durante la marcha del sábado 8 de abril resultan elocuentes: el relato de una vecina destacando la protección que brindó a manifestantes la policía del municipio José Félix Ribas, en Aragua; y el rescate del fotógrafo José Miguel Medina por parte de un GNB, cuando era brutalmente agredido por funcionarios de la PNB, en Valencia. Sí: el pueblo salva al pueblo.

Frente a la alentadora coyuntura de un nuevo Ardid de la razón, la dirigencia asume un rol crucial. Verlos en la vanguardia, afectados por las lacrimógenas, ora heridos, ora interponiéndose para evitar que otros sean lastimados, unidos en la acción, ofrece postal invaluable de compromiso. La clave, en fin, es hacer entender al régimen que su desgaste sólo aumenta los costos de mantenerse en el poder: que por más que quiera, no podrá inhabilitar a esos millones que hoy pujan juntos por un cambio democrático en Venezuela.


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