Luis Almagro
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Jueves, 16 de Marzo de 2017 05:11

altLuis Almagro es el tercer Secretario General de la OEA que he tenido ocasión de conocer personalmente en estos turbulentos dieciocho años de gobierno bolivariano.

Iniciado tras el irresponsable deslave electoral que encumbró al Poder al teniente coronel golpista Hugo Chavez en diciembre de 1998 y degradado tras el proceso constituyente a una autocracia disfrazada de democracia plebiscitaria que ha terminado atascada en esta dictadura militar  tercermundista, pandillesca y desalmada, neofascista, narcotraficante y terrorista, que ha devastado material y espiritualmente al país y sumido a la sociedad venezolana en una aterradora crisis humanitaria. 

El primero de la serie fue César Gaviria, el ex presidente colombiano que culminara su carrera asumiendo la secretaría general de la OEA y en cuyo ejercicio se destacara como un diplomático aséptico, frio y distante, que nadie hubiera podido imaginar apasionado por algo que no hubiera sido su propia carrera. O sus más íntimos intereses. Recién llegado a Caracas en plan pacificador, luego de los sucesos del 11 de abril de 2002, Patricio Carbacho, su embajador en Venezuela, me aceptó la propuesta de promover un encuentro de los comunicadores venezolanos con el Secretario General en uno de los salones del Meliá Caracas. Recuerdo la masiva asistencia al encuentro de los más importantes periodistas venezolanos luego de vencer su natural desconfianza, entre los cuales se encontraban Rafael y Patricia Poleo, Manuel Felipe Sierra acompañado de su abogado Ramón José Medina, pues enfrentaba un juicio que acababa de abrirle la Fiscalía, Nitu Pérez Ozuna, Argelia Rios, Marta Colomina,  Kiko Bautista y muchos otros. Fue un auténtico foro de discusión, áspera, sincera y sin cortapisas.

Venía Gaviria a promover el primer diálogo gobierno-oposición. Contando con el apoyo y el respaldo del ex presidente Jimmy Carter y su Fundación Carter. De ese primer encuentro recuerdo dos intervenciones: la mía, en la que le señalé el talante de sus interlocutores oficiales, que no se andaban con minucias ni delicadezas, pues eran unos asaltantes y con asaltantes de camino como Chávez y sus pandillas era imposible dialogar. “Ocultan un puñal en la manga” – recuerdo haberle dicho textualmente. “Nos asestarán una puñalada trapera, pues su pretensión es instaurar una dictadura de sesgo castrocomunista, de lo no hacen ningún misterio. Con cuchilleros de esa calaña no se puede llegar a acuerdos. Se lo prevengo”. Rafael Poleo, el último en intervenir fue más breve y mucho más lapidario: “Siento mucho tener que decírselo,  Sr. Gaviria,  pero su misión será un fracaso. Con esta gente no se puede dialogar.” 

Inolvidable el gesto de Rafael Alfonzo al firmar el documento en que oposición y gobierno acordaban abrir un proceso de diálogo. Se persignó. Con ello lo dijo todo. No daba un centavo por el acuerdo. La cacareada comisión de la verdad para esclarecer los hechos luctuosos del 11, 12 y 13 de abril jamás fue constituida. Los aspavientos diplomáticos terminaron en agua de borrajas. No sólo no funcionó aquella comisión. Tampoco funcionó la que propusieran el mismo Gaviria y Jimmy Carter para aclarar los resultados del Referéndum Revocatorio. Lastrado por la sombra de un fraude descomunal. El único objetivo del chavismo era aplastar a la oposición democrática e instaurar una dictadura de sesgo castrocomunista en Venezuela. Quienes lo ignoraban era simplemente porque no querían saberlo. Han transcurrido 15 años, sin que la situación haya variado un ápice. Con el único saldo positivo de que buena parte de la oposición por fin abrió los ojos y se ha convencido de la naturaleza dictatorial del régimen, si bien sigue apostando a un imposible que nos seguirá lastrando con trágicas consecuencias: continúa encandilada con una salida constitucional, electoral y pacifica. Ilusiones de paralítico.

El segundo de la lista fue Insulsa, a quien conocía desde los tiempos del Chile de la Unidad Popular, cuando brincara de la Democracia Cristiana a la Izquierda Cristiana o al MAPU, ya no lo recuerdo, ni importa recordarlo. Lo topé ocasionalmente años después en Ciudad de Mexico, cuando sobrevivia al pairo de algún organismo internacional pirata, dirigido por otro chileno de su misma catadura e incluso financiado por la inmensa generosidad de la democracia venezolana. Para terminar, al final de la dictadura, apuntándose al Partido Socialista. Siendo ministro de uno de los gobiernos de la Concertación fue el factor clave que impidió el enjuiciamiento de Augusto Pinochet en Londres, donde se encontraba detenido, o en Madrid, desde donde lo reclamaba la justicia internacional, con el patriotero argumento de que los chilenos tenían todo el derecho y la autoridad jurídica y moral para hacerlo en su propia tierra. Se lo arrancó asi de las garras al juez Baltazar Garzón. Obviamente, en Chile no se lo enjuició jamás. Lo que le permitió al llamado “panzer” – una voluminosa maquina de guerra capaz de arrasar con cuanto se le pusiera por delante - que se convirtiera en el consentido de izquierdas y derechas, una de las escasas unanimidades nacionales del burocrático aparato político chileno.

Teniendo en mente ser el sucesor de Lagos, su protector, fue encumbrado a la Secretaría General de la OEA para preparar su triunfal regreso como candidato presidencial del Partido Socialista. Se le adelantó, sin embargo,  su compañera de partido, Michelle Bachelet, caimán del mismo pozo, quien le copiara además la idea de la pasantía washingtoniana, asumiendo la secretaria femenina de Naciones Unidas. Astilla del mismo palo, la entonces ex presidenta chilena, siendo asunto de su competencia, se negó sistemáticamente a reunirse en Washington con Maria Corina Machado. Mujeres en la ONU, si. Antichavistas, no.

Sus diez años de ejercicio fueron perfectamente deleznables, si bien caracterizados por su obsecuencia y manga ancha con la estrategia internacional de los Castro, su Foro de Sao Paulo y su irrevocable decisión no sólo de no atender el grave problema venezolano, sino de convertirse en un obstáculo insalvable para cualquier acción a favor de la democracia venezolana. Me lo dijo en un airado intercambio telefonico de opiniones con que pusiéramos un abrupto fin a nuestras relaciones: “ustedes los opositores venezolanos no iran a ningún lado, son insoportables”. Pero se postró ante Lula y los Kirchner, auxilió a Zelaya e insistió en rogarles a los Castro que volvieran al seno de la OEA, donde no solo encontrarían las puertas abiertas, sino toda la cordialidad de amigos de cacería. Fracasó en el empeño, no por su causa, sino por la de los Castro, que llevan sesenta años despreciando a la OEA y a la comunidad democrática latinoamericana. Habrá servido de indirecta influencia para que el Departamento de Estado bajo el gobierno de Barak Obama se abriera con inmensa cordialidad a la tiranía caribeña. Y le negara a los demócratas venezolanos la sal y el agua. 

¿Cómo no asombrarse ante la inmensa generosidad con que Luis Almagro, ex ministro de relaciones exteriores de Pepe Mujica, un célebre militante de la ultra izquierda uruguaya, preso político y jurado enemigo de sus dictaduras, ha decidido enfrentar la tragedia venezolana posiblemente como principal acometida de su ejercicio? ¿En cuantas ocasiones no rechazó Insulza todo pedimento de auxilio por parte de los demócratas venezolanos asediados por la dictadura castrocomunista que aplasta nuestros derechos humanos y atropella todas las obligaciones que impone la pertenencia a los organismos multilaterales de la región, como la OEA y el MERCOSUR, con el avieso argumento de que no estaba entre sus competencias intervenir bajo ningún concepto en el conflicto venezolano? ¿Por qué Insulza no trepidó en arrodillarse ante la dictadura y Luis Almagro la enfrenta con toda la lucidez, la argumentación y el coraje que le permite el pleno ejercicio de su cargo?

¿Cuántas decenas, tal vez cientos de miles de muertes, la devastación material y moral de Venezuela y la horrenda crisis humanitaria que sufre su pueblo se hubieran ahorrado si Gaviria e Insulza les hubieran recordado a los cómplices gobiernos izquierdistas del hemisferio que asumieran sus responsabilidades oportuna y eficazmente, con la sensatez, la inteligencia, la dignidad y el coraje debidos? No hicieron lo que Luis Almagro ha tenido la grandeza infinita de realizar: cruzar la valla de los prejuicios, la catatonia y la complicidad con una dictadura aberrante y hacer valer en toda su plenitud la majestad de su magisterio. Poniéndolo a la altura de las circunstancias históricas. Venezuela no lo olvidará jamás. Somos, para nuestro orgullo, un pueblo sumamente agradecido.

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