Simplificar la universidad
Escrito por Antonio José Monagas | @ajmonagas   

altEn los predios de un país asediado por la violencia, la ilegalidad, la ilegitimidad y la discordia, por nombrar

las características menos insidiosas, se viven agudos desafíos de cara a problemas profundamente lapidarios cuyo nivel de infección ha contaminado la dirigencia encargada de conducir los destinos patrios. Especialmente, por los caminos de la incertidumbre, la impunidad y la desmoralización de la gente. Sin embargo, lo peor o más arduo que hace palidecer a cualquier actor político-institucional nacional, no es lo que deja verse a instancia de la aguda crisis que caracteriza una situación-problema de tal magnitud. 

Lo que más estrago causa frente a variables de tanta trascendencia como son el tiempo y el espacio sobre el cual se extienden los efectos de tan grave hecho, es la pérdida de valores que desboca en una crisis de conciencia y libertades. Una crisis cuyos indicadores y expresiones del alcance de sus daños, reposan en medio de lo que fundamenta el conocimiento. Y el conocimiento como manifestación de lo que moviliza a una sociedad y su economía, su cultura y su ciencia cuyo desarrollo se da en correspondencia con el saber acumulado, sólo se asienta en la funcionalidad de sus universidades. Aunque, tristemente, esta concatenación de frentes que hablan por una realidad preocupada por su futuro, sólo puede ser comprendida por la dirigencia de una sociedad con una sensibilidad de alta reciprocidad y de expedita velocidad de respuesta.

El caso que representa Venezuela, en términos de su convulsionada situación, es profundamente conmovedor. El carácter “revolucionario” que se arroga su dinámica política, definitivamente poco o nada ha sintonizado el llamado que hace la academia universitaria para exaltar el significado de sus catalizadores de más resonancia y efecto operativo. Quizás, el que mayor reconocimiento tiene, razón por lo cual debe otorgársele el puesto clave en función de la responsabilidad que maneja, es el de la autonomía universitaria. Tanto así, que la propia Constitución Nacional le concedió un papel de predominante postura. Tiene categoría constitucional. 

El problema se suscita toda vez que el gobierno se halla sin la capacidad y comprensión suficiente para compadecerse de las dificultades que encara la universidad al no contar con la disposición que por ley debe brindársele desde el presupuesto de la nación. Contrario a todo ello, personajes gubernamentales se empecinan por cerrarle el paso a las universidades nacionales a través de la violencia amedrentadora. De esa forma, se empeñan en perturbar sus programaciones y condiciones mediante dictámenes dictatoriales que sólo buscan reducirlas a su mínima expresión. Por eso hablan de “simplificar” la Universidad.


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