¿Leen y escriben los docentes universitarios?
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis   

altLa pregunta, inicialmente podría catalogarse como ingenua, teniendo también una respuesta igual.

Sí. Los docentes universitarios leen y escriben. Sin embargo, ¿qué entendemos por lectura y escritura, para saber si los docentes universitarios poseen las competencias necesarias que en la actualidad les facultan para interesarse en este tema?

Los docentes universitarios leen y escriben, ¿pero qué tipo de escritura y lectura realizan? Más allá de los textos y escritos vinculados con su objeto de estudio, no pareciera que existen lecturas ni escritos significativos que determinen que un docente pueda considerarse como lector o usuario de la lengua escrita, independiente o fluente.

Existe un lector inicial o neo-lector. Éste no posee competencias significativas por lo que debe poseer un guía que le oriente en su aventura lectora y de escritura.

También está el lector intermedio, quien, y poseyendo ciertos rasgos como lector formado, no puede catalogarse como tal y necesita de una orientación pedagógica. En este sector parecen estar sino todos, sí un significativo grupo de docentes universitarios. En esto nos apoyamos, utilizando las orientaciones de la UNESCO, para indicar que un lector independiente o fluente, es quien logra obtener capacidad para discernir en la selección, interpretación, razonamiento y re-creación de una lectura.

Por ello hablamos de neoanalfabetismo funcional. Usuarios de la lengua quienes no sobrepasan el desciframiento grafemático y quienes además, no modifican sus lecturas y por consiguiente, no alcanzan en número la lectura de entre cinco y diez libros anuales, fuera de aquellos de lectura “obligatoria” producto de su práctica académica.

Parece extraño que aquellas personas que no han tenido en su niñez experiencias significativas, tanto en lectura como escritura, les resulta muy difícil lograr en su madurez hacerse de lecturas que les faculten para denominarse como lectores y usuarios de la lengua escrita, independientes o fluentes.

Además, a esto pareciera sumarse la actual situación de un ambiente de uso de la lengua nacional que acentúa su influencia en la caracterización de la enseñanza-aprendizaje del idioma, desde una perspectiva gramaticalista. Por lo tanto, los procesos de Enseñanza Idiomática (EI), resultan necesarios para comprender el estado actual de nuestra cultura.

La seguridad nacional, la existencia misma del Estado se está viendo en franco peligro de existencia, por el bien inmaterial más preciado: la lengua nacional. Y por la falta de incentivos que posibiliten el fortalecimiento del español, y por lo tanto, el desarrollo de la consciencia idiomática. Y en esto, los docentes universitarios poseemos la mayor responsabilidad en la preservación, desarrollo y defensa de la lengua nacional.

Sin embargo la responsabilidad recae, fundamentalmente, en el estudiante, sea éste del nivel universitario, bachillerato o de educación básica. Esa es una realidad como resultado de una práctica de la lectura y escritura, divorciadas de la realidad idiomática del usuario básico: el estudiante.

Los docentes universitarios, obviamente que leen y escriben. Además, hablan y escuchan. Son sus funciones elementales por las cuales se desempeñan. Pero ¿cómo aplican sus habilidades de lectura y escritura?. ¿Sus herramientas permiten una interpretación de excelencia académica en quienes reciben los conocimientos de sus saberes?

Los docentes universitarios parecen estar en una nueva figura que denominamos “neo-analfabetas” o analfabetas funcionales o instrumentales. Esta última denominación parece servirnos para catalogar a quienes utilizan los procesos de lectura y escritura como “poder”, imponiendo usos idiomáticos totalmente opuestos a la práctica diaria del hablante.

Además los docentes universitarios, en su mayoría, se caracterizan por repetir estructuras conceptuales para autoconvencerse y convencer al Otro, como innovador en la actualización terminológica. Es el uso de una nomenclatura de constructos huecos que no sirven para ser aplicados en el día a día del estudiante.

Esto es así porque olvidaron fortalecer el primer libro que todo neo-lector está llamado a desarrollar: el libro de la vida, el mundo y sus entornos.

Cierto que existe una problemática entorno de la lectura y escritura. Y en ello los docentes universitarios estamos siendo arrastrados hacia un paulatino empobrecimiento del lenguaje y del pensamiento. A ello se agrega el olvido de los antiguos lectorados. No solo se formaban lectores fluentes, también usuarios de la lengua oral y escrita, aptos para la práctica del español. Su eliminación se tradujo, no tanto en usuarios de la lengua escrita deficientes, sino en hablantes sin consciencia idiomática.

Los índices mundiales indican que para Latinoamérica, países como Brasil, México y Colombia, poseen entre 5-7 libros per cápita. Mientras en Venezuela no se alcanza a 1 por habitante. Más aún, según recomendaciones de la UNESCO, la edición mínima de libros es de 5 mil ejemplares para ser registrado en los índices internacionales. En Venezuela, apenas se alcanza un promedio de un mil ejemplares por título.

El escaso interés por la lectura lo podemos verificar, empíricamente, preguntando a los docentes de nuestras universidades, por ejemplo: ¿Cuántas veces al año visita la biblioteca central? ¿Cuántas veces al año revisan libros que no sean estrictamente de sus asignaturas? ¿Cuántos docentes solicitan libros a la biblioteca para llevárselos a sus hogares? Más aún, ¿cuántas revistas especializadas leen al año?

La independencia y adultez de una sociedad se constata cuando sus habitantes practican sus hábitos lectores y generan actitud proactiva hacia la escritura, en sitios visibles, como plazas, plazoletas, transporte público, centros educativos, parques, entre otros espacios que forman el entorno estético de un país.

Sin embargo, y a pesar de tanta pobreza en lectura y escritura entre una gran cantidad de docentes universitarios, debemos continuar insistiendo en la inmensa responsabilidad y certeza de saber que dentro de ese lamentable estado de anomia intelectual, debemos revertir esa situación para construir la solidez de una práctica idiomática que establezca nuevos paradigmas, en la construcción permanente de un lenguaje que nos identifique como hablantes de una lengua practicada por más que quinientos años. Es el alma de una cultura que siempre estará re-creándose en los giros idiomáticos de quienes día a día se atreven a leer, escribir, hablar, escuchar y construyen su consciencia idiomática y destino cultural.

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