Los primeros poetas
Escrito por Juan Guerrero | @camilodeasis   
Viernes, 24 de Marzo de 2017 04:51

altPor años he imaginado a Cubagua. La veo de lejos. La he soñado en blanco y negro. Iluminada en sus orillas por la ardentía.

Y entonces destellan brillos que apenas iluminan la calle principal, empedrada, mientras en lo alto las casas de “cal y canto” mantienen encendidos sus faroles. La ranchería de estacas y techos de paja que fue en sus inicios, ha dado lugar a edificios con paredes de ladrillos y techos con tejas.

Es alta noche y los poetas, abrazados, caminan alborotando los perros mientras la ventisca aumenta. Miro esa escena en blanco y negro. Esa semi oscuridad de la inmensa noche de la historia.

Es la primera ciudad con escudo y pendón. Nueva Cádiz de Cubagua se la llamó. Un embarcadero donde han llegado libros, vino e instrumentos musicales. Acaso vinieron en las bodegas de la carabela San Lázaro.

Pero ahora los poetas celebran, sentados en la mesa de madera, en el palacete de Jorge de Herrera, la llegada de los libros de San Gregorio, los cuatro textos de Cartujano, dos más de caballerías. Tres hermosos libros de Lucio Apuleyo, las Fábulas de Esopo, y también las novedades de libros de Erasmo. Y ríen cuando se enteran de las picardías en las historias que comparten, de las novelas de Juan Bocaccio.

En cada esquina de la mesa los veo. Bartolomé Fernández de Virués, alto y fornido. El “bien quisto” Jorge de Herrera. Fernán Mateos y Diego de Miranda. Este último de misterioso nombre que “tal vez” esté emparentado con el personaje del Quijote, como el Caballero del Verde Gabán, con quien Alonso Quijano se topó en una de sus salidas.

Son estos cuatro, los poetas-soldados que aparecen mencionados en el largo poema de Juan de Castellanos y de quienes apenas quedan sus nombres y una mala estrofa, de Herrera, en español antiguo, en el horcón que soportaba la entrada a su elegante morada: “Aquí fue pueblo plantado / Cuyo próspero partido, / Voló por lo más subido; / Mas apenas levantado / Cuando del todo caído. / Quien examinar procura / Varios casos de ventura / en humana casta, / Aquesto solo le basta / Si tiene seso y cordura.

Esa imagen como una antigua fotografía en blanco y negro se ve borrosa y apenas se distinguen pequeños puntos luminosos. Apenas uno que otro rostro. Una mano que sostiene una copa. Otro rostro que susurra al oído de un compañero. Y a lo lejos la luminosidad de la mar. Esa mar que va anunciando la primera catástrofe. La ventisca que aumenta y trae lo ciclónico. Quizá primero un movimiento sísmico y después el maremoto.

Fueron ellos la ilusión que iluminó de poesía los terribles días de una isla que inauguró el comerció perlífero en el Nuevo Mundo. Fueron ellos nuestros primeros poetas que iniciaron en Cubagua la historia de la poesía venezolana. Fueron esos cuatro nombres, cuatro ángeles armados con espadas, escudos y libros, quienes fundaron la historia de una cultura que después continuó con el misterioso Fernán de Ulloa, de quien jamás ha podido ubicarse su oda a la fundación de Caracas.

También he de mencionar a Pedro de la Cadena, quien, con su épico poema Los Actos y Hazañas Valerosas del Capitán Diego Hernández de Serpa escribe, hacia 1563, el primer poema de tema venezolano y el más extenso de la literatura en lengua española, conformado por 145.000 versos.

Después siguieron los bardos que transitaron las aguas del río Apure, desde los llanos occidentales hasta la desembocadura del Orinoco, llegando hasta Angosturaña, en voz indígena. Fueron Miguel de Ochagavia, Alonso de Padilla, Juan Pacheco Quiñones y Viloria, Pedro Padilla, Cristóbal de Vera, Juan Jaraquemada, junto con fray Jacinto de Carvajal, hacia 1647, en la larga travesía, desde Barinas hasta la hoy Ciudad Bolívar, y entre cuentos, recitales, cantos y música, descubren el extenso territorio llanero hasta la Guayana.

De estos juglares apenas quedan sus nombres. Una estrofa, acaso un verso. Ellos han sido nuestra referencia para acercarnos a esa noche enselvada, primaria y telúrica.

Sea este un brevísimo resumen para recordar a nuestros primeros poetas. Bardos, juglares, seres de la eternidad  que viven entrelazados a nuestra memoria y engrandecen el alma de nuestra cultura venezolana.

 

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