Sofía Imber, in memoriam
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Lunes, 20 de Febrero de 2017 11:39

altEstaba profundamente fastidiada por su circunstancia. Ser llevada de un lado al otro en silla de ruedas, tener que contar con una asistente para realizar sus tareas más nimias,

tal como se lo contara a Diego Arroyo, la fastidiaba hasta extremos insoportables. Imposible de estarse quieta, ella, un volcán en permanente erupción, por lo cual exigía ser paseada por su chofer por las calles de su ciudad dos o tres horas diarias hasta agotar sus ansiedades. Que siempre fueron inagotables.

Estábamos en el auditorio del Miami Dade College culminando los preparativos para el homenaje que se le rendiría al día siguiente, durante la presentación en los Estados Unidos del estupendo relato de su vida escrita por su joven biógrafo venezolano. A los pocos minutos quiso irse y se apostó en su silla de ruedas, a la sombra del sol y del viento, esperando el taxi que debía volverla a casa. 

Salí a acompañarla. Y le hablé de la muerte a la que sus más entrañables amigos se estaban acercando.  Nos estábamos acercando. Fue un bálsamo para su impaciencia. Su destino era el nuestro. Me sonrió, me tomó de las manos y sus ojos se iluminaron. Al día siguiente asistió en primera fila al bello homenaje preparado por su hija, Adriana Meneses, y la estrecha amiga de ambas, Beatrice Rangel. Con el concurso siempre atento y discreto de Carlos Alberto Montaner y la presencia de esa suerte de hijo espiritual al que tanto quiso, Boris Izaguirre. Soledad cumplió su último deseo: le cantó las canciones que ella y Carlos tanto amaban: Göttingen, Palabras de amor, Gracias a la vida. Y esas emblemáticas  e inolvidables canciones de nuestro folklore, el Polo Margariteño y el Pajarillo Verde. “Eres grande Soledad”, le susurró al oído. Más que ella, imposible.

La vejez, su vejez y la nuestra, ese inevitable naufragio al que tanto detestaba y temía Jorge Luis Borges, impidió que las jóvenes generaciones que pronto dirigirán el país, si deciden asumir sus responsabilidades con grandeza, con temple, con honestidad y entereza,  la conocieran, la disfrutaran, aprendieran a respetarla y quererla. No ha sido pródiga nuestra encallada república en figuras tan prodigiosas como Sofía Imber. De una rectitud y una prodigalidad tan deslumbrantes. De una creatividad y una capacidad ejecutoria verdaderamente asombrosas. De una cultura artística, una sensibilidad y una veracidad a toda prueba. Seres como Sofía merecerían la inmortalidad, si ella no fuera el más espantoso de los castigos imaginables. Por el bien de sus pueblos. Por el bien de sus naciones.

Quien no advirtió la inconmensurable pequeñez, incultura y zafiedad del teniente coronel al arrebatarle a su máxima obra, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, su impronta esencial - su nombre y su apellido -, no merece llevar en su corazón la grandeza de esa Venezuela emprendedora, culta, inteligente, pacífica, legalista que en una suerte de milagro histórico se hiciera de Venezuela durante esos cuarenta años de democracia, está siendo mortalmente atropellada por la resurrección de la barbarie. No hizo lo que sus aliados del ISIS y protectores del narcoterrorismo de los usurpadores del poder hicieran con las inmortales obras de Palmira: derrumbar a golpes de mandarria una de nuestras máximas creaciones culturales. Su gansteril bajeza sólo llegó hasta arrebatarle su nombre y rebajar la obra a una mera señal perfectamente desdeñable en el catálogo de las grandes obras de la democracia. Preparando las condiciones para contraponerle, desde un rancherío del oeste, el monumento a su incultura. Al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, el Museo Militar con sus restos semi momificados. La eterna discordia: la deslumbrante grandeza de la civilidad contra la turbia barbarie del militarismo.

Con Sofía Imber muere la Venezuela del arte y la cultura, la libertaria irreverencia de un periodismo culto e inclaudicable y la dignidad de lo que un día fuéramos y debiéramos volver a ser. Es el imperativo moral que nos deja de legado.


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