¡No tardes! ¡Lo quiero ya!
Escrito por María Guerrero Escusa   
Jueves, 16 de Febrero de 2017 00:00

altUna y otra vez repetimos las mismas respuestas ante hechos que escapan a nuestro control.

Mil pensamientos acuden a nuestra mente y se alojan en nuestra cabeza, contaminándonos con toda clase de infortunios: ¿estará peor?, ¿qué me dirán hoy?, ¿le habrán quitado el tubo, podrá respirar por sí mismo? Preguntas que sólo sirven para causarnos más inquietud y multiplicar nuestro miedo.

Nos desespera esperar. El tiempo es sólo una ilusión. Pasa muy rápido cuando estamos en una situación confortable en la que nos sentimos a gusto y parece que se detiene cuando estamos en la espera de una noticia importante. Cuando sufrimos, el tiempo se hace infinitamente largo. Ahora bien, en el momento en el que recibimos la esperada noticia, el tiempo deja de existir, y comienza de nuevo el ciclo.

Nos cuesta dejar que las cosas pasen a su ritmo y sobre todo nos cuesta estar tranquilos en esa espera. Movilizamos nuestra inquietud para evitar entrar en contacto con nuestros sentimientos de incertidumbre, angustia o miedo. Decía San Francisco de Sales: “El mejor remedio que conozco contra los impulsos repentinos de impaciencia es un silencio dulce y sin hiel”

Vivimos en una época de inmediatez. Cuando la prisa es la que domina, el pensamiento da paso a la impaciencia, que es característica de las personas que tienen baja tolerancia a la frustración.

Este ritmo acelerado de vida nos impone la presión de que todo se tiene que hacer de una determinada manera. Lo que nos hace esclavos de le insatisfacción y nos conduce a movilizar comportamientos compulsivos que nos llevan a desarrollar estrés y ansiedad.

Las personas que tienen este estilo de pensamiento buscan tener el control de todas las situaciones y pretenden ir un paso por delante. Tienen sensación de presión y agobio que les hacen tomar decisiones precipitadas, sin tomarse el tiempo que necesitan para planificar y prever. La cultura de la inmediatez nos lleva a una actividad frenética que puede terminar mermando nuestra salud física y emocional y nos aboca al hacer y al tener, sin dejarnos apenas tiempo para ser.

Nuestra impaciencia se activa cuando interpretamos los acontecimientos externos en base a creencias que son limitadoras y condicionan nuestra forma de ver el mundo y de interpretar la realidad. Aunque no sea lo que queremos, los acontecimientos siguen su ritmo y nuestras quejas no son capaces de modificar su tempo.

Detrás de la impaciencia está la baja tolerancia a la frustración desde la que se interpretan las situaciones con una percepción distorsionada, ya que la persona sólo ve los aspectos negativos. Las personas con baja tolerancia a la frustración, siguen manteniendo un modo inmaduro de ver las cosas, tal y como hacían en la infancia. Suelen confundir sus deseos con sus necesidades. Cualquier demora o dificultad es demasiado horrible para soportarla.

Las prisas no son buenas consejeras y a menudo son un mecanismo para no sentir. Cuando no nos dedicamos tiempo, nos impedimos la oportunidad de vivir y de integrar la gran cantidad de experiencias que acumulamos cada día, nos perdemos mucho, por eso es necesario que nos cuestionemos nuestra necesidad de tenerlo todo y tenerlo ya. ¿Realmente es una necesidad real?

Cada momento es único, está completo en sí mismo y se da en sucesión, así que, por mucho que queramos correr, lo que sea que esperamos no llegará antes. Lo cierto que es que la prisa y la impaciencia no sirven de nada, porque las cosas seguirán yendo a su ritmo, ni se retrasarán cuando no queremos que lleguen ni se adelantarán cuando estamos deseándolo.

Buena parte de nuestra vida la pasamos esperando más que viviendo. Esa impaciencia hace que estemos en contra del tiempo de espera en lugar de a favor porque le damos el poder a nuestros nervios. Dejamos que sean ellos los que dominen la situación y tomen el control quedándonos a su merced. Pero esto no tiene por qué ser así si nos proponemos un cambio de actitud.

Aunque a veces nos cuesta creerlo, podemos elegir estar tranquilos o ponernos nerviosos, ir despacio o siempre corriendo, esperar permaneciendo en la calma o ponernos desquiciados. Quizá hemos aprendido estilos de respuesta y respondemos en automático sin ser conscientes de que estar de una u otra forma es una decisión que podemos elegir.

Es conveniente que entendamos que todos los procesos de nuestra vida tienen un tempo particular y que todo lo que necesitamos para vivirlos está en ese preciso momento y en ese preciso lugar.

(*): Psicóloga, profesora de la Universidad de Murcia | Twitter: @Tel_Esperanza

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